domingo, 6 de marzo de 2011

LIBRO I - Capítulo 9

Diario de Guerra del teniente Ian Talling (Entrada IX)
Diecisiete de Mayo del Año de Nuestro Señor de 1809. Lisboa.
¡Grandes noticias! ¡Gloriosas noticias! Wellesley ha tomado Oporto.
Toda Lisboa es un inmenso festejo desde que se recibiera la nueva de que, tras cruzar el Duero en una hábil maniobra, el general Wellesley ha capturado la gran ciudad del norte de Portugal y conjurado la amenaza directa que suponían las tropas de mariscal Soult allí acantonadas.
No ha sido cosa fácil, a juzgar por los detalles que poco a poco van completando el cuadro del hecho. Además no hay que olvidar que hemos tenido enfrente a uno de los mejores caudillos de que dispone Bonaparte: el mariscal Jean-de-Dieu Soult, Duque de Dalmacia, que se distinguió mandando el IV Cuerpo en Austerlitz y que, asimismo, actuó con brillantez en Jena y Eylau. Pero, al parecer, la Península no parece haber reverdecido los laureles de tan formidable guerrero pues de todos es sabido el revés que sufrió el pasado Enero en La Coruña y que fue la postrera victoria del general Moore, tal como le ocurriera a Nelson en Trafalgar.
Mariscal Soult
Ahora que Portugal ha quedado libre de presencia enemiga parece más que probable que entremos en España para continuar combatiendo a los franceses allí aunque cabe la posibilidad de que el general Wellesley prefiera establecerse sólidamente aquí y aguardar los embates del enemigo. Reconozco que estoy aventurando demasiado pero no puedo evitar pensar en lo terrible que resultaría la perspectiva de un servicio de guarnición en Lisboa, sin nada que hacer salvo ver monumentos o frecuentar tabernas y burdeles.

 Francamente no se qué pensar aunque me consuela el hecho de que Wellesley no pertenece a la categoría de generales que espera que le ataquen. Esta opinión se sustenta en el relato que mi hermano Angus nos hizo de la batalla de Assaye en la que tomó parte como primer teniente de una de las compañías de granaderos del Segundo Batallón del 12 Regimiento de Infantería Nativa de Madrás (para quienes no estén familiarizados con la disposición de los regimientos de cipayos[1] de la Compañía de las Indias Orientales, consignaré escuetamente que cada batallón cuenta con ocho compañías de línea y dos compañías de granaderos, en vez de una, no existiendo pues la compañía ligera común en los regimientos del Rey).
Si en Assaye Wellesley atacó con menos de quince mil hombres al formidable ejército de Daulat Rao, que formaba más de cincuenta mil efectivos, nada parece sugerir que ahora vaya a dedicarse a sentarse y esperar que le golpeen. Y, a juzgar por quienes les conocen, los jefes a su mando parecen no irle a la zaga en arrojo pues ahí están Edward Paget, que hiciera trizas el intento de Soult de batir el flanco derecho británico en La Coruña;  Stapleton Cotton y su ya legendaria brigada de Dragones Ligeros o Rowland “Daddy” Hill, quien ha participado con gran fortuna en todas las campañas británicas en la Península hasta la fecha.
Creo, pues, que mis temores son infundados y que pronto entraré  en acción. Por cierto que esta afirmación queda sustentada en la visión que esta misma mañana se ofreció a mis ojos:
Marchando de dos en fondo, con aspecto cansado y no obstante marcial. A pesar de la suciedad, evidencia de que no han estado precisamente ociosos, de los uniformes deslucidos y con frecuencia astrosos, he sentido cómo si un aldabonazo golpease mi pecho al observar los cuellos y bocamangas verdes sobre la casaca roja: el 87 irlandés está de vuelta en Lisboa y ya se que solamente es cuestión de tiempo que reciba la orden de presentarme ante el comandante en jefe.
 


[1] Nombre con que se conocía a los soldados nativos en la India

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