domingo, 13 de marzo de 2011

LIBRO I - Capítulo 11

Diario de Guerra del teniente Ian Talling (Entrada XI)
Diecinueve de Mayo del Año de Nuestro Señor de 1809. Abrantes.
A algo más de cien millas al nordeste de Lisboa se encuentra esta plaza, en los márgenes del río Tajo, donde se congrega el grueso del ejército británico destacado en Portugal.
Apenas he llegado y una indescriptible sensación de actividad y dinamismo se ha apoderado de mi ser. Toda la fuerza que Gran Bretaña ha enviado al Continente a luchar contra Bonaparte se muestra ante mis ojos. Una compañía marca el paso ahí, más allá otra se ejercita en la formación en línea, otras, más lejos, parecen estar en plena revista de policía.
 Cañones y armones, perfectamente alineados, reflejan la luz del sol en el bruñido de sus metales. Por todas partes resuenan tambores que lanzan al aire mil y un sonidos y que delatan a aprendices que se familiarizan con los distintos toques.
 No faltan mesnadas de jinetes que atraviesan como rayos azules por entre el marasmo de tiendas, carros, pilas de toneles y hombres que se afanan en sus deberes.
Y aquí y allá pueden verse los colores de los regimientos, cada uno de ellos custodio de una historia gloriosa y de una tradición de servicio que ennoblece a cada hombre que forma bajo sus banderas. Están todos aquí: los Coldstreams; los Guardias Escoceses; nuestros “primos” del 88, los Rangers de Connaught; las casacas verdes de los fusileros del 95…
Pero la realidad de la guerra se impone a todo ese despliegue de colores y sonidos que abruman mis sentidos. De hecho no parece hablarse de otra cosa que de que Napoleón ha entrado en Viena la semana pasada. Parece que después de Regensburg y Eckmühl los austriacos han perdido las ganas de luchar y se resignan a que Napoleón haga con ellos lo que les plazca. Cuán diferentes resultan de los españoles, que no han vacilado en enfrentarse al enemigo en ocasiones incluso con piedras.

 Me pregunto cómo nos comportaríamos en el hogar si fuéramos invadidos aunque quiero pensar en que haríamos lo que en Madrid o en Zaragoza.
Al fin he podido presentarme ante quien será mi superior directo en el II/87: El mayor Hugh Gough, de Woodstown, condado de Limerick, me ha recibido muy afablemente y me ha transmitido efusivos saludos para mi padre.
Hombre sin duda franco, el mayor Gough me ha hecho ver una realidad que, aún conociéndola, no me había preocupado en su verdadera dimensión. Y esa realidad estriba en que mi nombramiento, aunque oficial pues ha sido ratificado por la Guardia Montada, no ha seguido el cauce habitual de forma que mi puesto debiera ser de alférez, que está sujeto a adquisición, y no de segundo teniente, donde prima la antigüedad.
No hace falta poseer una particular inteligencia para darse cuenta de que mi padre y sus viejos camaradas que, o bien tienen un escaño en los Comunes u ocupan una oficina en Witehall, han usado de su influencia para ahorrarme el tiempo que me correspondería portar y defender, a costa de mi vida, la bandera del Rey o la del regimiento, e incidentalmente la elevada proporción de atención hostil por parte de un enemigo ávido de trofeos.
Sea como fuere, el mayor Gough no ha dado más importancia al asunto y, tras hacerse cargo de la valija que contiene mi nombramiento y mis órdenes, me ha hecho saber que el batallón se encuentra en proceso de reestructuración después de las bajas habidas durante la expedición de Beresford. Me ha asignado un alojamiento en una de las casas solariegas de los alrededores del campo y, tras oír el relato de mi viaje a bordo de la Thebes y de las prácticas con el mosquete que recibiera de los sargentos “Red” y Carpenter, me ha despedido asegurándome que en pocos días estaré encuadrado en mi compañía.


                                                       ©Fernando J. Suárez de Miguel

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