jueves, 24 de febrero de 2011

LIBRO I - Capítulo 6

Diario de Guerra del teniente Ian Talling (Entrada VI)

Ocho de Mayo del Año de Nuestro Señor de 1809. Lisboa.

Nada más arribar hemos recibido la noticia de que el general Wellesley se ha puesto en marcha con el grueso de sus tropas en dirección a Oporto.

Junto a esta alentadora noticia nos han comunicado de que el II/87 no forma parte de esta expedición, por cuanto se halla incluido en una fuerza al mando del general William Beresford (un valeroso paisano irlandés) en una misión de acoso a fuerzas francesas en retirada.

Ahora que estamos instalados, los sargentos “Red” y Carpenter en los barracones destinados al II/87, y yo, como teniente, alojado en el palacete de un comerciante lisboeta que ha cedido su casa como alojamiento para oficiales, aguardo con impaciencia el retorno de nuestra unidad a fin de ocupar mi plaza lo antes posible.

Lisboa me ha impresionado profundamente. El puerto, atestado de barcos de varias nacionalidades, es testimonio por sí solo de la frenética actividad de esta metrópoli. Sin embargo debo hacer notar la falta de limpieza que se aprecia en las calles y los edificios. Desperdicios de todas clases se acumulan en esquinas y callejones. Esto, unido al calor, da como resultado un olor indescriptible que parece inundar toda la ciudad.

En el itinerario desde el puerto hasta nuestro alojamiento he podido observar distintas reacciones en las personas que se han cruzado conmigo: desde la sonrisa de una muchacha al grave gesto de una inclinación de cabeza pasando también por miradas frías y duras.


 Imagino que aquí, como en todos los lugares donde hay guerra, la gente reacciona según sus propios sentimientos y la sonrisa de una joven que va dirigida a un oficial de buena presencia con un uniforme limpio puede ser tan reveladora como una callada muestra de agradecimiento o la expresión de rechazo de quienes piensan que los culpables de que la guerra continúe somos nosotros por venir a la Península y sostener a Portugal y España. Tal vez imaginaba que iba a ser recibido con música y flores por una multitud agradecida. En vez de eso ha sido un joven guardiamarina el que me ha acompañado a mi alojamiento mientras que los sargentos, tras recibir las indicaciones oportunas, se han marchado a sus barracones aunque sospecho que no habrán llegado antes de adquirir un poco de color local en las tabernas del puerto.

Mientras escribo no dejo de pensar cómo encontraré al batallón una vez regrese. Pese a que mi padre siempre nos ha hablado a mis hermanos y a mí de lo penosa que resulta la vida militar, especialmente para un infante con sus agotadoras e interminables marchas, el somero relato de las bajas habidas en la persecución me ha causado estupor tanto por el hecho de que no se haya entablado combate como por la naturaleza misma de este país: montañas, malos caminos, etc.

Recuerdo bien la imagen de cómo arribaron a Porstmouth los restos del ejército del difunto general Moore tras la retirada de La Coruña y, francamente, me aterroriza la posibilidad de que acabemos igual que aquellos o, peor aún, pasados a la bayoneta por los chasseurs franceses ante la mirada indiferente de los paisanos portugueses.

 © Fernando J. Suárez de Miguel

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