lunes, 9 de enero de 2012

LIBRO II - Capítulo 37



Trece de Julio del Año de Nuestro Señor de 1809. Plasencia

El haber cambiado las marchas por sesiones redundantes de instrucción tal vez pueda no ser el mejor modo de descansar, pero el ánimo de los hombres está un tanto más elevado desde los horribles castigos que hubieron de presenciar hace apenas unos días.

Las órdenes desde luego han sido tajantes: Descanso y Reposo pero sin entregarse a la Molicie. Ello significa que el reglamento más estricto impera en nuestro campamento y que las horas de servicio se cumplen a rajatabla. No obstante, no es lo mismo que marchar durante todo el día bajo el terrible sol y el calor de esta parte del Mundo. Los hombres, acostumbrados a su rutina diaria, han dado por bienvenido el monótono ritual de ejercicios. Cierto es, sin embargo, que se ha reducido el número de prácticas de tiro pues la inminencia de la contienda hace necesario que la cantidad de munición, pólvora y pedernales esté rigurosamente contabilizada.

No es infrecuente ver a los intendentes de los regimientos armados con cuartillas y lápices revisando las existencias asignadas a sus respectivas unidades; los conductores del tren de bagajes aprovechan el interludio para revisar sus vehículos.

 Todos los días, por la mañana y por la tarde, los de caballería ejercitan a sus monturas para evitar que pierdan sus cualidades físicas, aquellas que pueden significar la diferencia entre un jinete vivo y uno muerto.

Los de artillería, en fin, practican, aunque sin abrir fuego, todo lo relativo a su oficio. Resulta un espectáculo verles ejecutar todas las maniobras con una celeridad y una exactitud  que, desde luego, resultan sumamente inspiradoras, por cuanto su profesionalidad está fuera de toda duda, a la vez que tranquilizadoras, pues de estos hombres puede depender el éxito de nuestra empresa. En este sentido no dejo de tener presente que los franceses tienen una bien merecida reputación en ese campo, y que les viene del propio Napoleón y de su pericia en el sitio de Tolón.

No todo, empero, tiene que ver con la Guerra. Disponemos de tiempo para recrearnos en las maravillas que pueden verse en este lugar y, creo que es ocioso reseñarlo, disfrutar de los agasajos con que nos obsequian los lugareños.

Impresionan las murallas que rodean la villa. Los torreones se me asemejan a ciclópeos centinelas que parecieran guardar con celo a la hermosa Catedral Nueva. No tenemos nada como esto en Irlanda, aquí parece que hasta las aldeas más insignificantes cuentan con su propia catedral o fortaleza.

Los españoles, por su parte, no parecen disgustados con nuestra presencia. Además, la circunstancia de que hable con mayor o menor soltura su lengua parece agradarles sobremanera, hasta el punto de que el solo hecho de que intercambie un saludo en español garantiza un vaso de vino o una copa del excelente aguardiente de cerezas casero tan querido por el padre Fennessy.

Quisiera pensar que en verdad nos consideran sus aliados pero no se me hurta el hecho de que la presencia de nuestro ejército se haya convertido en una fuente de beneficios para estas gentes. Me ha sorprendido la cantidad de provisiones que han adquirido nuestros soldados, provisiones que se supone nos debían proveer los españoles. Desde pan hasta huevos o vino, nada parece faltar en las despensas de los naturales, llamados placentinos y, por supuesto, los que de entre los nuestros pueden permitírselo no se privan de nada pagando lo que les pidan.

Me cabe, pues, la duda de que tal vez no sería un comportamiento muy diferente si fuésemos franceses, y nuestra bolsa estuviera bien provista.

Hermosa villa, sin duda, que hace honor al lema que acuñara su fundador Alfonso VIII de Castilla:


 “Ut placeat Deo et hominibus”[1]   
 


[1] “Para que agrade a Dios y a los hombres”

lunes, 2 de enero de 2012

LIBRO II - Capítulo 36



Diario de Guerra del teniente Ian Talling (Entrada XXXVI)

Diez de Julio del Año de Nuestro Señor de 1809. Plasencia

Los rumores que corrían insistentemente entre la tropa se han confirmado y el general Wellesley ha concedido una semana de descanso y reorganización.

Ya señalé con anterioridad que de haberse tenido constancia fehaciente de que habría oportunidad para descansar, quizás no se hubieran producido las deserciones del día cuatro y, en consecuencia, nos hubiéramos ahorrado contemplar el terrible espectáculo del azotamiento de cuatro hombres (afortunadamente no se ejecutó la sentencia inicial de quinientos latigazos y el general dio por zanjado el asunto con solamente trescientos vergajazos por cabeza).

Debo decir que ha sido una de las visiones más atroces que he contemplado jamás. Aunque había oído sobre ello nunca antes lo habían visto mis ojos:
El reo, atado a un triángulo formado por las picas de los sargentos de las compañías de línea, era golpeado mientras un sargento contaba los azotes. Regularmente se tomaba un respiro para relevarse en la tarea ejecutora (agotadora, por cierto) o para cambiar el gato cuando éste se llenaba demasiado de sangre o piel. El cirujano del batallón supervisaba el acto dando fe de que el reo no corría peligro de muerte.

No pocos hombres han reculado para no estar en primera fila y también alguno ha habido que no ha podido reprimir unas tremendas arcadas, como ha sido el caso de mi compañero el teniente Laherty. Honradamente debo mencionar que yo mismo me he encontrado al borde de tal situación y que solamente un milagro, o el hecho de que hubiera oído hablar de lo terrible de este castigo, ha evitado que le acompañase en ese trance.

Y no menos impresionante ha sido el ahorcamiento de los soldados Peter Barker y William Simms. Aunque en el consejo de guerra juraron y perjuraron que no habían participado en el nefando crimen que atribuían a Carruthers ello no alteró el ánimo del tribunal que quería dar una lección sobre el trato a dispensar a los paisanos españoles. Sin embargo es destacable que el verdugo se afanase en componer correctamente el nudo fatal pues nada más abrirse el portalón los dos hombres murieron casi de inmediato con el cuello roto.

 Quien nada sepa de las cosas de la milicia puede sorprenderse pero la rapidez con la que los dos infortunados dejaron este Mundo dice mucho sobre su carácter pues no dejó de hablarse de lo excelentes soldados que eran y el pesar entre sus compañeros era evidente. De haberse tratado de otra clase de hombres a buen seguro que habrían tardado más, mucho más tiempo, en sucumbir.

No he dejado de reflexionar sobre la triste fatalidad que ha rodeado todo este asunto. Quizás si se hubiera dicho antes que descansaríamos en Plasencia, Barker y Simms estarían vivos ahora, y también aquellas mujeres y aquellas criaturas  que encontramos en aquella alquería cercana a Zarza la Mayor.
Esta tarde he disfrutado de un paseo por las afueras de esta villa de Plasencia en compañía del teniente Tarín y el padre Fennessy. Mientras que nuestro buen clérigo no hacía sino alabar las bondades de un aguardiente de cereza con que ha sido obsequiado por un almacenero local, el ayudante de cirujano me ilustraba sobre pasado hechos históricos:

Al parecer, Plasencia debe su fundación al rey Alfonso VIII de Castilla quien, en 1212, derrotó a los invasores musulmanes en uno de los hechos de armas más importantes de aquellos años: las Navas de Tolosa.

Debo reconocer que no sabía nada de esa época en España pero me parece fascinante el hecho de que mientras que los grandes reinos de Europa se empeñaban en las Cruzadas en los Santos Lugares aquí, en esta tierra, la Cristiandad se afanaba en una empresa que duró ocho siglos en total.
Al oír al teniente Tarín no puedo evitar contagiarme de esa determinación tan arraigada entre los suyos. Ocho siglos para liberar su país de los infieles, y lo consiguieron. Tal vez Napoleón haya encontrado su Némesis en esta tierra que ha empapado tanta sangre.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

EL 53 DE INFANTERÍA



Creado originalmente como 55 de Infantería (de un único batallón) en 1755, dos años después fue renumerado como 53 de Infantería.

Estacionado en Gibraltar entre 1756 y 1768, sirvió alternativamente durante estos años como tropas de infantería de marina. Trasladado a Norteamérica, vio su primera acción en el sitio de Quebec (1776) y, desde ahí, participó en buen número de acciones tanto como batallón al completo como por parte de destacamentos del mismo, incluyendo Trois-Rivières (1776)  y Saratoga (1777).

Repatriado a Gran Bretaña en 1787, en 1793 combatió en Flandes antes de ser destinado a las Indias Occidentales el mismo año, actuando en el ataque a Santa Lucía.

En 1803 se creó un segundo batallón y, dos años después, el primer batallón fue destinado a la India. El segundo combatiría en la Península, donde se distinguió en Talavera, Salamanca y Vitoria, asimismo participó en la campaña de Francia de 1813-1814.

Acabadas las guerras napoleónicas, el segundo batallón fue disuelto en 1817 mientras que el primero se distinguía en la Tercera Guerra Marattha (1817-1818).

Vuelto de la India en 1823, estaría estacionado varios años en puestos tales como Gibraltar, Malta, las Islas Jónicas e Irlanda.

De nuevo en la India en 1844 participó en las Guerras Sikhs (en acciones tan renombradas como Aliwal y Sobraón) aunque su momento de mayor gloria tendría lugar durante el Gran Motín (1857-1859) con un historial extensísimo que incluye el primer relevo de Lucknow y Cawnpore.

Volvió a sus tareas de guarnición habituales en 1860 y en 1881 fue renombrado Regimiento de Infantería Ligera (de Shropshire) del Rey.

lunes, 26 de diciembre de 2011

LIBRO II - Capítulo 35-2



Diario de Guerra del teniente Ian Talling (Entrada XXXV) 2ª

Seis de Julio del Año de Nuestro Señor de 1809. En algún lugar de Extremadura
...por puro instinto desmonté, aunque tuve la providencia de tomar una de mis pistolas, y tras desenvainar el sable lo clavé en tierra atando en la empuñadura las bridas de Arrow.

En el ínterin mi pequeña escuadra se había desplegado en perfecta formación de escaramuceo, esto es, rodilla en tierra aprovechando cualquier accidente del terreno como cobertura y, con los mosquetes cargados y a punto, aguardaba mis órdenes.

Un pesado silencio se apoderó de aquél lugar, un silencio apenas interrumpido por los rebufos de Arrow. Recorrí la pequeña distancia que me separaba del sargento O’Brien mientras discurría sobre las opciones que se me presentaban, a la sazón solo se me ocurrieron dos: forzar a quien quiera que nos hubiera disparado a deponer su actitud y entregarse o, como contrapartida, asaltar la alquería aún arriesgándome a que sus moradores, a quienes presumía retenidos en su interior, sufrieran durante la refriega.

Absorto en mis cavilaciones confieso que fue un alivio que el sargento me pidiera permiso para parlamentar. Supongo que ni a él ni a ninguno de mis hombres le apetecía lo más mínimo caer en una escaramuza con desertores y, en lo que a mi concierne, tampoco me seducía la posibilidad de dejar este Mundo antes de probarme en el campo de batalla (excluyendo mi incidente con Emil Saiffer y sus falsos prisioneros). Así pues le autoricé y O’Brien se puso a ello lanzando preguntas entremezcladas con mensajes tranquilizadores y palabras amistosas.

Durante varios minutos se entabló un diálogo  en el curso del cual pudimos averiguar que en la casa había al menos tres hombres, que pertenecían al II/53, los brickdusts[1], de la Cuarta División, que ya antes de nuestra aparición había estallado una trifulca entre ellos y que el disparo efectuado contra nosotros encrespó aún más sus ánimos.

Dejé hacer a O’Brien y me deslicé hacia donde se encontraba el soldado O’Sullivan y le ordené que se arrastrase y ocupase una posición tras un árbol que quedaba a la derecha de la casa. Seguidamente me acerqué a Andrew Mahoney y le mandé situarse en una pequeña depresión en el lado izquierdo; quería estar seguro de que, en caso de tener que combatir, tendría el control del objetivo.

Me disponía a regresar junto a O’Brien cuando oí un furioso alarido y pude ver como un hombre salía de la casa a todo correr; casi de inmediato un disparo le alcanzó en la espalda y cayó de bruces.

 Casi sin darme cuenta el sargento O’Brien pasó corriendo a mi lado mientras gritaba “adelante” a los hombres que aún mantenían sus posiciones iniciales, esto es, Clougerthy, Maguire, Bombay Jim y Branaugh.

Instintivamente me incorporé y corrí tras ellos. Una confusión de gritos, maldiciones y un par de disparos estalló segundos antes de que yo mismo cruzase el umbral. En el interior de la alquería mis hombres se habían adueñado de la situación: uno de los desertores estaba de pie con los brazos en alto mientras que Bombay Jim asistía a otro que había recibido un disparo en la pierna izquierda. En un extremo de la estancia, que hacía tanto de salón como de cocina, yacía el cuerpo sin vida de un hombre vestido con la casaca del 53. La escena era bastante desagradable pero no era nada en comparación con la terrible visión que anunció el soldado Maguire en una estancia que hacía las veces de dormitorio:

 Sobre un mísero jergón yacían una mujer de edad, una muchacha de no más de veinte años y dos criaturas que no sumaban ni tres años entre las dos; todas estaban muertas: las mujeres degolladas, la más joven con aspecto de haber sido ultrajada; a los niños les habían destrozado la cabeza con la culata del mosquete. Nunca había visto nada parecido y una terrible congoja se enseñoreó de mi alma hasta el punto que hube de salir de la casa y permitirme un instante de liberación en forma de incontenible llanto.

Después de enterrar a los muertos, tanto a los paisanos como a los dos soldados, nos pusimos en marcha hacia el campamento. Durante la misma conocimos los detalles del terrible suceso:

Peter Barker, Samuel Smith, William Simms y Joseph Carruthers pertenecían a la primera compañía del II/53 y habían escapado en compañía de cinco hombres más (no dijeron de qué unidad). Su idea era regresar a Portugal y, una vez allí, reunir el dinero suficiente para embarcar hacia América. Durante la fuga el grupo se rompió y ellos fueron a parar a la alquería. Carruthers, su líder para los efectos, exigió que les dieran todo cuanto hubiera de valor, amén de comida y bebida. Hastiado de vino se dedicó a continuación a acosar a la muchacha; ante las protestas de Smith no vaciló en matarle y obligó a los otros a salir hasta que hubiera acabado. Al parecer, según relató Barker, la resistencia de la joven y de la anciana y los gritos de las criaturas enfurecieron a Carruthers hasta el punto de matarlos a todos.

Algún tiempo después, cuando mi escuadra llegó al lugar Carruthers fue quien disparó pero, como Barker y Simms no estuvieran dispuestos a secundarle, trató de escapar recibiendo un disparo fatal por parte de este último. Luego, al entrar mis hombres en la casa el mosquete de Barker se disparó accidentalmente de forma que el sargento O’Brien disparó a su vez hiriendo a Simms.

Tanto Simms, que hizo el viaje hasta el campamento a lomos de Arrow, como Barker eran hombres corrientes, honrados hasta donde podían serlo y temerosos de Dios. No dejaron de lamentar la muerte de aquella familia y de arrepentirse por haber desertado y seguido a Carruthers. Inclusive admitieron que Smith había sido mejor hombre que ellos porque había tratado de oponerse a su cruel compañero.
Mientras les oía pensaba en lo infinitamente inescrutable que es el Alma de los hombres, capaz de los más excelsos sacrificios y también de las más viles atrocidades.

Llegados al campamento supimos que habían sido capturados otros siete hombres y que se había constituido un tribunal militar que juzgaría a los reos en la mañana del día seis.

No hace falta decir que, dadas las circunstancias, el tribunal fue riguroso en extremo como lo atestiguan las penas: cuatro hombres condenados a recibir quinientos latigazos por cabeza; otros tres trasladados a las terribles Islas de la Fiebre[2] y dos penas de muerte: una para Simms, cuya pierna herida no detendrá al verdugo, y otra para Barker aunque juraran que no habían tenido nada que ver con el horrible crimen.


[1] Literalmente los del polvo de ladrillo a causa de las vueltas rojas de la casaca
[2] Las Indias Occidentales

martes, 20 de diciembre de 2011

LIBRO II - Capítulo 35-1

Diario de Guerra del teniente Ian Talling (Entrada XXXV) 1ª

Seis de Julio del Año de Nuestro Señor de 1809. En algún lugar de Extremadura
Nos dirigimos hacia una población llamada Plasencia. Parece ser que una vez allí se dará un descanso a los hombres y se nos unirá un ejército español. Ni que decir tiene que ambas nuevas, sean o no confirmadas, han elevado sobremanera el ánimo de la tropa, muy quebrado por el terrible calor y la falta de raciones que, según nos informaron, debían proveernos nuestros aliados españoles.
Lástima que esas alentadoras noticias no se hubieran difundido dos días antes pues podría haberse ahorrado la vida de varios hombres buenos. Debo admitir que lo que voy a relatar a continuación es algo de lo que jamás hubiera querido escribir una sola línea y mucho menos ser partícipe pero, gracias al Señor, mi buen padre me previno sobre esta contingencia y gracias a sus impagables consejos he podido cumplir con mi deber. No ha sido fácil, empero, y solamente el consuelo que me ha proporcionado el padre Fennessy me ha permitido tomar fuerzas para plasmar en este diario cuanto ha acontecido en estas últimas jornadas.
Al amanecer del pasado día cuatro, cuando los suboficiales pasaban lista, se descubrió que faltaban dieciocho hombres, seis de los cuales formaban parte de la Tercera División (aunque, por fortuna, ninguno del II/87). Inmediatamente se impartieron órdenes de capturar a los desertores y se despacharon partidas de rastreo en su busca.
Pese a que habitualmente este tipo de misiones se reserva al Cuerpo Preboste o, aún, a la Caballería de la Legión Alemana del Rey, las particularísimas necesidades disciplinarias que impone un ejército en marcha obligó a que oficiales y tropa de infantería se empeñaran en el  ingrato menester de buscar a unos hombres para enviarlos a la horca.
Así pues, auxiliado por el sargento Thomas O’Brien, tomé el mando de una escuadra formada por los soldados Andrew Mahoney, David Clougherty, Archibald Maguire, James Peter O’Connor, Richard O’Sullivan y Desmond Branaugh. Se me ordenó cubrir una zona de campos de cultivo en las afueras de Zarza la Mayor donde había profusión de viviendas de los arrendatarios de las tierras y, por tanto, lugares obvios donde los fugitivos pudieran buscar refugio.
Durante la mayor parte de aquél infausto día recorrimos aquellos contornos registrando tanto los edificios de uso comunal (establos, aljibes…) como las viviendas particulares. El calor se hacía cada vez más insoportable y aquí no puedo menos que alabar la resistencia del soldado James Peter O’Connor, apodado por sus camaradas Bombay Jim debido a un prolongado servicio en la India en los regimientos de John Company[1]. Querría saber si habrá conocido a mi hermano Angus pero los prejuicios de la cadena de mando han superado a mi curiosidad por lo que me he abstenido de preguntarle. Es, sin duda un soldado de pies a cabeza: estoico, callado y  disciplinado y no entiendo cómo no luce los galones de sargento. Supongo que puede deberse a una de tantas injusticias que jalonan una vida dedicada al Ejército. He oído muchas historias al respecto y eso me basta para conjeturar sobre la situación de este hombre. 
Respecto a nuestra tarea de buscar a los desertores ya consigné que hubimos de afanarnos en registrar cualquier edificio. En este último caso debíamos contar con el permiso de sus moradores y aquí pude constatar lo que ya había consignado sobre la actitud de las gentes, en este caso en lo que concierne a la guerra y a nosotros mismos.
Gracias a que mi conocimiento del español es lo bastante consistente pude hacerme entender casi sin dificultad con los lugareños. Invariablemente había de toparme con los mismos tipos: mujeres y niños y hombres ya  de edad. Los hombres jóvenes, que aquí llaman mozos, brillaban por su ausencia y no es difícil asociar esta a las levas impuestas por las Juntas españolas o por el rey francés o, más posiblemente, a que se hayan ocultado o huido para evitar este último fin. Debo confesar que la visión de mujeres quebradas por el duro trabajo en los campos y por el cuidado de mesnadas de criaturas me resultó terrible. La miseria era patente allá donde nos acercábamos y no hubo ningún caso en el que alguna pequeña  mano no se extendiera pidiendo dinero.
Y estamos en una tierra rica, donde crece el trigo, el ganado pace y donde la guerra no ha extendido su manto de destrucción. Una tierra que, sin embargo, no pertenece a quienes la trabajan de sol a sol. Me parece extraño aunque no es muy diferente de Irlanda y, de hecho, he podido oír cómo mis hombres hablaban entre ellos sobre cuanto se parecía lo que estaban viendo a su propia vida allá en el hogar.
 Nunca había reparado en ello pero los aparceros de Talling Manor no son muy distintos de los de aquí, no en el sentido de que no son dueños de nada y solamente el hecho de que mi padre sea un hombre justo, que les permite quedarse con lo necesario para que vistan con decencia y coman con holganza, les libra de la triste condición de quienes habitan estos pagos.
   He de decir, asimismo, que nadie puso impedimento a que registráramos sus pobres viviendas. Tal vez por miedo a los soldados o por pura y simple resignación ante los poderosos.
Y así transcurrió el día. Caía ya la tarde y nos acercábamos a una alquería con la intención de pedir a sus moradores que nos permitiesen vivaquear al abrigo de la misma cuando un disparo procedente de la misma nos obligó a aprestar nuestras armas y desplegarnos dispuestos a responder al fuego…

                                                                             ©Fernando J. Suárez


[1] Nombre popular por el que se conoce a la Honorable Compañía de las Indias Orientales

viernes, 16 de diciembre de 2011

LIBRO II - Capítulo 34



Tres de Julio del Año de Nuestro Señor de 1809. Zarza la Mayor

Por fin hemos llegado a España.

Hoy, al caer la tarde, el 87 Irlandés pasó con sus banderas desplegadas por la calle principal (en España la llaman calle mayor) y no puedo decir que la población se mostrara eufórica.

 Si bien algunas gentes nos han vitoreado, e incluso han ofrecido a los hombres pan, tabaco y vino, no es menos cierto que abundaban los rostros ceñudos y las expresiones de disgusto.

Es la misma sensación que hube de experimentar cuando desembarqué en Lisboa. Siempre hay gente que no quiere sufrir molestias en su quehacer diario, y les importa poco quien ciña la corona de su país. Además, y esto es evidente, la guerra no ha pasado por aquí aún por lo que nuestra presencia no supone un buen augurio.

Esta villa, tan cercana a Portugal, fue arrasada al comenzar la pasada centuria por sus vecinos por lo que el general Wellesley ha adoptado la providencia de que nuestros auxiliares lusos no desfilen por la población, relegándolos al tren de bagajes y confiados a la escolta de la caballería de la Legión Alemana del Rey. Puede que aquí se odie a los franceses pero los portugueses no gustan en absoluto así que solamente cabe alabar el buen juicio de un general que ha de pensar más como aliado que como británico.

 Se advierte desconfianza en las miradas, no es para menos pues a estas gentes les han inculcado que Gran Bretaña ha sido siempre la gran enemiga de España en lo militar y en lo religioso. Supongo que sería inútil tratar de hacerles entender que muchos somos irlandeses y tan católicos como ellos. Por lo que puedo oír, pues mi capacidad de hablar y comprender el español es excelente (según el ayudante Tarín) no hacen distinciones entre nosotros, los ingleses, los escoceses y los galeses, no digamos ya los alemanes que marchan a nuestro lado. Para estos lugareños somos todos ingleses y herejes lo que no hace mucho a favor de la confraternización

Sin embargo no todo el mundo se muestra tan frío. Mesnadas de chiquillos han recorrido las filas arriba y abajo gritando y gesticulando al paso de las tropas. Creo que cualquier lugar del Mundo la reacción de los niños es la misma al paso de un desfile. Incluso allá en Irlanda las tropas del Rey han atraído siempre a los críos, aunque fueran vástagos de los Irlandeses Unidos.

Me ha impresionado la mole del castillo de Peñafiel, que domina la zona donde nos hallamos. No puedo olvidar que hace varios siglos esta era tierra fronteriza entre la Cristiandad y el Islam y este castillo, regentado por los Caballeros de Alcántara, era uno de los puestos de avanzada en la larga lucha de los españoles por liberar su patria. Parece que el Destino quiere que estos pagos vuelvan a ser la frontera que separa a dos contendientes, esta vez Gran Bretaña y Francia.

Ahora, a la luz de las hogueras, y saboreando un vaso de vino de la tierra y un cigarro, obsequios ambos de aquellos que nos ven como libertadores, no puedo dejar de pensar en los gritos de las criaturas que corrían alborozadas a nuestro paso:

¡Madre, Madre!
¡Mire, Madre!
¡Los ingleses no tienen rabo!
                                                               ©Fernando J. Suárez

martes, 13 de diciembre de 2011

LIBRO II - Capítulo 33



Uno de Julio del Año de Nuestro Señor de 1809. Castelo Branco

Parece ser que solamente unas treinta cinco millas es la distancia que nos separa de la frontera española.

Castelo Branco es una de esas poblaciones que, aparentemente, son tan típicas de este país. Una villa, relativamente pequeña, coronada por una poderosa fortaleza en las alturas que la dominan es el testimonio de que en unos tiempos en los que los reyes de la Cristiandad iban a restaurar la Cruz en los Santos Lugares aquí, en Portugal y España, se luchaba para expulsar a los mismos que hollaban la Tierra de Cristo.

Varios siglos han transcurrido desde entonces pero este recuerdo a los heroicos tiempos de antaño me ha hecho recordar la leyenda de los Caballeros de Jerpoint, que regresaron de Tierra Santa con los restos de San Nicolás y que depositaron en suelo sagrado en Kilkenny.

Se que no deba dejarme influir por fantasías pero siento como si una fuerza misteriosa impulsara a este Ejército a cumplir con un deber sagrado. Si en otro tiempo se hizo la guerra contra los infieles en nombre de Dios hoy nos enfrentamos a otros infieles que han quemado sus templos y asesinado a sus ministros. Creo que la sola idea de formar parte de una moderna cruzada me ayuda a sobrellevar los rigores de la marcha.

Hace mucho calor tanto que muchos soldados, sobre todos los de reciente incorporación, sufren desvanecimientos y aún de fiebres, por no hablar del terrible estado de sus pies. No son pocos los que relegan sus botas de marcha a las valijas a favor del calzado ligero local, que adquieren de los lugareños por unos pocos peniques.

 De hecho se ha establecido un sólido sistema comercial a lo largo de nuestra ruta: comida, tabaco, calzado y un sinfín de mercancías cambian de manos. El hecho de que los vivanderos que nos surtían se hayan quedado en Abrantes o hayan regresado a Lisboa, pues no suelen acompañar a las tropas cuando existe la certeza de que marchan a una campaña, ha obligado a buscar otras vías de aprovisionamiento y los campesinos portugueses, a lo que parece, no desaprovechan la ocasión de hacer negocio.  Yo mismo me he hecho con un sombrero ancho y ligero de paja trenzada, mucho más práctico para combatir al inclemente Helios que parece aliado de los franceses en nuestra búsqueda de la batalla. Solamente espero que Marte se ponga de nuestro lado cuando llegue el momento.

Nunca hubiera creído, si no lo hubiese visto con mis propios ojos, la enorme carga de trabajo que se abate sobre los galenos del batallón durante las marchas. Tanto el cirujano capitán Quinn como sus ayudantes Tarín y O’Rourke han de tratar una docena de casos al día, sobre todo acaloramientos y lesiones de todo tipo en los pies.

Siento una profunda vergüenza por haberme quejado de que me dolieran las posaderas por permanecer mucho rato sobre mi montura, sobre todo al ver cómo los hombres envuelven en trapos sus pies llagados y ensangrentados para poder caminar otro día, y otro y el siguiente. Y, y por Dios que está en el Cielo que es verdad, se les podrá oír maldecir y jurar, pero nunca se les oirá una sola queja. Tal es el ánimo de nuestros soldados de casaca roja, un espíritu excelente y una elevada moral, cualidades que se resumen en un chascarrillo que oí de labios del sargento Redding:
        
         Marcha, soldado
        Avanza, Lucha,
        Sin desmayo,
        Con bravura.
        Y si caes,
        Muerto sobre la tierra,
        Que pida tu viuda cuentas
        Al Rey de Inglaterra    

                                                                  (C)Fernando J. Suárez