martes, 13 de diciembre de 2011

LIBRO II - Capítulo 33



Uno de Julio del Año de Nuestro Señor de 1809. Castelo Branco

Parece ser que solamente unas treinta cinco millas es la distancia que nos separa de la frontera española.

Castelo Branco es una de esas poblaciones que, aparentemente, son tan típicas de este país. Una villa, relativamente pequeña, coronada por una poderosa fortaleza en las alturas que la dominan es el testimonio de que en unos tiempos en los que los reyes de la Cristiandad iban a restaurar la Cruz en los Santos Lugares aquí, en Portugal y España, se luchaba para expulsar a los mismos que hollaban la Tierra de Cristo.

Varios siglos han transcurrido desde entonces pero este recuerdo a los heroicos tiempos de antaño me ha hecho recordar la leyenda de los Caballeros de Jerpoint, que regresaron de Tierra Santa con los restos de San Nicolás y que depositaron en suelo sagrado en Kilkenny.

Se que no deba dejarme influir por fantasías pero siento como si una fuerza misteriosa impulsara a este Ejército a cumplir con un deber sagrado. Si en otro tiempo se hizo la guerra contra los infieles en nombre de Dios hoy nos enfrentamos a otros infieles que han quemado sus templos y asesinado a sus ministros. Creo que la sola idea de formar parte de una moderna cruzada me ayuda a sobrellevar los rigores de la marcha.

Hace mucho calor tanto que muchos soldados, sobre todos los de reciente incorporación, sufren desvanecimientos y aún de fiebres, por no hablar del terrible estado de sus pies. No son pocos los que relegan sus botas de marcha a las valijas a favor del calzado ligero local, que adquieren de los lugareños por unos pocos peniques.

 De hecho se ha establecido un sólido sistema comercial a lo largo de nuestra ruta: comida, tabaco, calzado y un sinfín de mercancías cambian de manos. El hecho de que los vivanderos que nos surtían se hayan quedado en Abrantes o hayan regresado a Lisboa, pues no suelen acompañar a las tropas cuando existe la certeza de que marchan a una campaña, ha obligado a buscar otras vías de aprovisionamiento y los campesinos portugueses, a lo que parece, no desaprovechan la ocasión de hacer negocio.  Yo mismo me he hecho con un sombrero ancho y ligero de paja trenzada, mucho más práctico para combatir al inclemente Helios que parece aliado de los franceses en nuestra búsqueda de la batalla. Solamente espero que Marte se ponga de nuestro lado cuando llegue el momento.

Nunca hubiera creído, si no lo hubiese visto con mis propios ojos, la enorme carga de trabajo que se abate sobre los galenos del batallón durante las marchas. Tanto el cirujano capitán Quinn como sus ayudantes Tarín y O’Rourke han de tratar una docena de casos al día, sobre todo acaloramientos y lesiones de todo tipo en los pies.

Siento una profunda vergüenza por haberme quejado de que me dolieran las posaderas por permanecer mucho rato sobre mi montura, sobre todo al ver cómo los hombres envuelven en trapos sus pies llagados y ensangrentados para poder caminar otro día, y otro y el siguiente. Y, y por Dios que está en el Cielo que es verdad, se les podrá oír maldecir y jurar, pero nunca se les oirá una sola queja. Tal es el ánimo de nuestros soldados de casaca roja, un espíritu excelente y una elevada moral, cualidades que se resumen en un chascarrillo que oí de labios del sargento Redding:
        
         Marcha, soldado
        Avanza, Lucha,
        Sin desmayo,
        Con bravura.
        Y si caes,
        Muerto sobre la tierra,
        Que pida tu viuda cuentas
        Al Rey de Inglaterra    

                                                                  (C)Fernando J. Suárez  

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