viernes, 16 de diciembre de 2011

LIBRO II - Capítulo 34



Tres de Julio del Año de Nuestro Señor de 1809. Zarza la Mayor

Por fin hemos llegado a España.

Hoy, al caer la tarde, el 87 Irlandés pasó con sus banderas desplegadas por la calle principal (en España la llaman calle mayor) y no puedo decir que la población se mostrara eufórica.

 Si bien algunas gentes nos han vitoreado, e incluso han ofrecido a los hombres pan, tabaco y vino, no es menos cierto que abundaban los rostros ceñudos y las expresiones de disgusto.

Es la misma sensación que hube de experimentar cuando desembarqué en Lisboa. Siempre hay gente que no quiere sufrir molestias en su quehacer diario, y les importa poco quien ciña la corona de su país. Además, y esto es evidente, la guerra no ha pasado por aquí aún por lo que nuestra presencia no supone un buen augurio.

Esta villa, tan cercana a Portugal, fue arrasada al comenzar la pasada centuria por sus vecinos por lo que el general Wellesley ha adoptado la providencia de que nuestros auxiliares lusos no desfilen por la población, relegándolos al tren de bagajes y confiados a la escolta de la caballería de la Legión Alemana del Rey. Puede que aquí se odie a los franceses pero los portugueses no gustan en absoluto así que solamente cabe alabar el buen juicio de un general que ha de pensar más como aliado que como británico.

 Se advierte desconfianza en las miradas, no es para menos pues a estas gentes les han inculcado que Gran Bretaña ha sido siempre la gran enemiga de España en lo militar y en lo religioso. Supongo que sería inútil tratar de hacerles entender que muchos somos irlandeses y tan católicos como ellos. Por lo que puedo oír, pues mi capacidad de hablar y comprender el español es excelente (según el ayudante Tarín) no hacen distinciones entre nosotros, los ingleses, los escoceses y los galeses, no digamos ya los alemanes que marchan a nuestro lado. Para estos lugareños somos todos ingleses y herejes lo que no hace mucho a favor de la confraternización

Sin embargo no todo el mundo se muestra tan frío. Mesnadas de chiquillos han recorrido las filas arriba y abajo gritando y gesticulando al paso de las tropas. Creo que cualquier lugar del Mundo la reacción de los niños es la misma al paso de un desfile. Incluso allá en Irlanda las tropas del Rey han atraído siempre a los críos, aunque fueran vástagos de los Irlandeses Unidos.

Me ha impresionado la mole del castillo de Peñafiel, que domina la zona donde nos hallamos. No puedo olvidar que hace varios siglos esta era tierra fronteriza entre la Cristiandad y el Islam y este castillo, regentado por los Caballeros de Alcántara, era uno de los puestos de avanzada en la larga lucha de los españoles por liberar su patria. Parece que el Destino quiere que estos pagos vuelvan a ser la frontera que separa a dos contendientes, esta vez Gran Bretaña y Francia.

Ahora, a la luz de las hogueras, y saboreando un vaso de vino de la tierra y un cigarro, obsequios ambos de aquellos que nos ven como libertadores, no puedo dejar de pensar en los gritos de las criaturas que corrían alborozadas a nuestro paso:

¡Madre, Madre!
¡Mire, Madre!
¡Los ingleses no tienen rabo!
                                                               ©Fernando J. Suárez

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