lunes, 2 de enero de 2012

LIBRO II - Capítulo 36



Diario de Guerra del teniente Ian Talling (Entrada XXXVI)

Diez de Julio del Año de Nuestro Señor de 1809. Plasencia

Los rumores que corrían insistentemente entre la tropa se han confirmado y el general Wellesley ha concedido una semana de descanso y reorganización.

Ya señalé con anterioridad que de haberse tenido constancia fehaciente de que habría oportunidad para descansar, quizás no se hubieran producido las deserciones del día cuatro y, en consecuencia, nos hubiéramos ahorrado contemplar el terrible espectáculo del azotamiento de cuatro hombres (afortunadamente no se ejecutó la sentencia inicial de quinientos latigazos y el general dio por zanjado el asunto con solamente trescientos vergajazos por cabeza).

Debo decir que ha sido una de las visiones más atroces que he contemplado jamás. Aunque había oído sobre ello nunca antes lo habían visto mis ojos:
El reo, atado a un triángulo formado por las picas de los sargentos de las compañías de línea, era golpeado mientras un sargento contaba los azotes. Regularmente se tomaba un respiro para relevarse en la tarea ejecutora (agotadora, por cierto) o para cambiar el gato cuando éste se llenaba demasiado de sangre o piel. El cirujano del batallón supervisaba el acto dando fe de que el reo no corría peligro de muerte.

No pocos hombres han reculado para no estar en primera fila y también alguno ha habido que no ha podido reprimir unas tremendas arcadas, como ha sido el caso de mi compañero el teniente Laherty. Honradamente debo mencionar que yo mismo me he encontrado al borde de tal situación y que solamente un milagro, o el hecho de que hubiera oído hablar de lo terrible de este castigo, ha evitado que le acompañase en ese trance.

Y no menos impresionante ha sido el ahorcamiento de los soldados Peter Barker y William Simms. Aunque en el consejo de guerra juraron y perjuraron que no habían participado en el nefando crimen que atribuían a Carruthers ello no alteró el ánimo del tribunal que quería dar una lección sobre el trato a dispensar a los paisanos españoles. Sin embargo es destacable que el verdugo se afanase en componer correctamente el nudo fatal pues nada más abrirse el portalón los dos hombres murieron casi de inmediato con el cuello roto.

 Quien nada sepa de las cosas de la milicia puede sorprenderse pero la rapidez con la que los dos infortunados dejaron este Mundo dice mucho sobre su carácter pues no dejó de hablarse de lo excelentes soldados que eran y el pesar entre sus compañeros era evidente. De haberse tratado de otra clase de hombres a buen seguro que habrían tardado más, mucho más tiempo, en sucumbir.

No he dejado de reflexionar sobre la triste fatalidad que ha rodeado todo este asunto. Quizás si se hubiera dicho antes que descansaríamos en Plasencia, Barker y Simms estarían vivos ahora, y también aquellas mujeres y aquellas criaturas  que encontramos en aquella alquería cercana a Zarza la Mayor.
Esta tarde he disfrutado de un paseo por las afueras de esta villa de Plasencia en compañía del teniente Tarín y el padre Fennessy. Mientras que nuestro buen clérigo no hacía sino alabar las bondades de un aguardiente de cereza con que ha sido obsequiado por un almacenero local, el ayudante de cirujano me ilustraba sobre pasado hechos históricos:

Al parecer, Plasencia debe su fundación al rey Alfonso VIII de Castilla quien, en 1212, derrotó a los invasores musulmanes en uno de los hechos de armas más importantes de aquellos años: las Navas de Tolosa.

Debo reconocer que no sabía nada de esa época en España pero me parece fascinante el hecho de que mientras que los grandes reinos de Europa se empeñaban en las Cruzadas en los Santos Lugares aquí, en esta tierra, la Cristiandad se afanaba en una empresa que duró ocho siglos en total.
Al oír al teniente Tarín no puedo evitar contagiarme de esa determinación tan arraigada entre los suyos. Ocho siglos para liberar su país de los infieles, y lo consiguieron. Tal vez Napoleón haya encontrado su Némesis en esta tierra que ha empapado tanta sangre.

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