martes, 14 de junio de 2011

LIBRO II- Capítulo 23-2

Diario de Guerra del teniente Ian Talling (Entrada XXIII)-2ª
Trece de Junio del Año de Nuestro Señor de 1809. Alrededores de Lisboa.
…aún trataba de reponerme de la sorpresa cuando el teniente Saiffer, sin borrar su amplia sonrisa, me comunicó que mis hombres y yo mismo éramos sus prisioneros.
Pregunté, en vano, qué significaba aquello pero, por toda respuesta, mis dos hombres de guardia estaban desarmados y sus mosquetes en manos de sendos prisioneros mientras que el resto del destacamento, con sus armas todavía en pabellón, estaban encañonados por los jinetes de Saiffer.
Ya manifesté, al comenzar este diario, mi intención de ser lo más honesto y fiel a la realidad que pudiera. Por ello, no puedo por menos que consignar en estas líneas tanto el miedo que recorrió mi entero ser como la tremenda sensación se impotencia que me atenazaba: miedo porque no contaba con verme prisionero, una posibilidad que me desasosiega, e impotencia porque no fui capaz de reaccionar de ninguna manera, pareciendo que mi espíritu de iniciativa hubiera sido anulado por completo.
Tal vez mis hombres esperaban que ordenara resistir toda vez que solamente siete bocas de fuego nos apuntaban. Este dato puede parecer absurdo teniendo en cuenta que éramos solamente ocho pero no lo es si consideramos que ellos eran diecisiete, sin contar a Saiffer que, divertido, me explicó que eran soldados al servicio de Bonaparte y que cumplían una misión de vital importancia. No abundó en detalles pero la frialdad con la que hablaba pese a su tono afable y su semblante sonriente me produjo escalofríos.
Aquella sensación de angustia, empero, se desvaneció bruscamente de una forma que no hubiera imaginado bajo ninguna circunstancia: el seco estampido de un disparo derribó a uno de los jinetes.
Los gritos de Achtung! y Alarm! se dejaron oír aunque no ahogaron el ¡A ellos! lanzado por el cabo Darragh. Antes casi de que yo mismo reaccionara un segundo disparo alcanzó a Saiffer en el brazo izquierdo.
No puedo describir el tremendo caos que se apoderó del campamento, con hombres trabados unos con otros, caballos nerviosos relinchando y bufando y disparos aquí y allá. Solamente puedo decir, sin el menor asomo de pretender arrogarme un protagonismo que no he tenido, que al producirse el primer disparo, apliqué las enseñanzas recibidas antaño y me lancé a mi tienda en busca de mis armas.

Debo decir que el comportamiento de mis hombres fue ejemplar. Aún en inferioridad, y sin contar en un primer momento con sus armas, se lanzaron con decisión sobre el enemigo. Las bajas producidas por los disparos, aparte de Saiffer, herido, se habían concentrado en quienes portaban armas de modo que la lucha se estaba resolviendo en el cuerpo a cuerpo.
No bien hube cargado una de mis pistolas y aprestado el sable cuando uno de los falsos prisioneros entró en la tienda. Tuve tiempo de mirarle a los ojos antes de que, por puro instinto, lanzara un tajo de sable que prácticamente le abrió en dos la cabeza. Al salir pude ver cómo uno de los jinetes cargaba directamente sobre donde me encontraba.
No pensé (creo de haberlo hecho hubiera echado a correr) y alcé la pistola y disparé: recuerdo vivamente ver caer al hombre y cómo el soldado Gerald Mulcahy se arrojaba junto al cadáver y aprestaba su carabina Elliott para descargarla sobre un enemigo que trataba de montar en uno de los caballos que vagaban ahora sin dueño.  
No sabría decir cuanto duró la refriega pero sí que llegó a su punto culminante cuando aparecieron Conlon y Dennehy abatiendo a otros dos hombres con sus disparos. Parece ser que aquello fue demasiado pues se produjo una desbandada entre quienes aún se mantenían en pie.
En ese momento mi prioridad era capturar a Saiffer. Pude ver cómo trataba de escabullirse imposibilitado de combatir dada la herida que había recibido. Acompañado por el soldado Mulcahy, con el mosquete descargado y calada la bayoneta, corrí hacia donde se encontraba. En mi excitación olvidé uno de los consejos primigenios que todo cazador, y soldado, recibe a poco que se inicie en tales empresas y es que el enemigo herido es el más peligroso. Tal era el caso de Saiffer que, al vernos allegar, alzó  el brazo ileso y disparó la pistola que portaba.
Ignoro si quería alcanzarme a mí y falló porque era zurdo (como pude averiguar al verle disparar) o por pura caballerosidad eligió como blanco a Mulcahy pero lo cierto es que éste se detuvo en seco y cayó de espaldas con una bala en  mitad del pecho.
Y fue, precisamente, al detenerme para socorrer al herido cuando Saiffer echó a correr y saltó sobre Nutmeg lanzándose a todo galope y desapareciendo tras una copiosa polvareda.
Pude comprobar, empero,  por qué apodan Hawkeye[1] al soldado Conlon.
Dos de nuestros enemigos saltaron sobre uno de los caballos que vagaban privados de jinete y arrancaron en feroz galope. Con toda frialdad, Conlon acabó de cargar su arma, puso rodilla en tierra y disparó. Pareció como si el caballo hubiera sido alcanzado por un rayo pues brincó y cayó junto a sus jinetes. Al acercarnos pudimos comprobar que uno de ellos había muerto aplastado por el animal y el otro, aunque con varias fracturas aún vivía.
Aquel acto puso fin a aquél extraño y sangriento episodio. Por nuestra parte hubimos de lamentar tres muertos, los soldados Gerald Mulcahy, Tyrone Gaffey y Adam O’Malley. Resultaron heridos, además, el cabo Patrick Darragh y los soldados Rourke y O’Brian.
Con respecto a nuestros rivales contamos siete muertos, los cinco jinetes y dos de los falsos prisioneros, y pudimos retener aún a tres hombres más, dos de ellos heridos, y la totalidad de las armas. El resto huyó a pie o a lomos de tres de sus monturas, incluido Saiffer que lo hizo sobre Nutmeg. Nosotros  pudimos retener una, aparte la que abatió Conlon.
Dada nuestra situación resolví permanecer donde nos encontrábamos y enviar a un hombre a buscar ayuda en el caballo que habíamos capturado. Pensé que si nos poníamos en marcha en nuestro estado y con prisioneros (reales esta vez) que vigilar podríamos ser presa fácil tanto de los iracundos portugueses como de nuestros enemigos fugitivos. Puesto que el soldado Tighe sabía montar (al menos eso dijo) le envié con la orden expresa de no confiar en nadie que no llevara casaca roja. Luego organicé puestos de vigilancia y, dado el número de heridos, el soldado Dennehy y yo mismo cavamos las tumbas, una para cada uno de nuestros caídos, y una fosa para los demás.
Aún me quedaba un asunto que resolver y era el comportamiento de Conlon y de Dennehy. Sabía que si relataba los hechos tal y como sucedieron les podrían acusar de deserción y, a pesar de que su intervención nos salvó a todos de una muerte segura, eso no les habría librado de la cárcel o, en el peor de los casos, de ser enviados como guarnición a las insalubres islas de las Indias Occidentales o a los pútridos manglares de nuestros puestos en la costa de África.
Soy consciente de que he faltado a mi deber como oficial pero no quise saber si, en efecto, pretendían desertar o si habían ido a cazar, a aliviarse o si eran sodomitas.
No sería honrado si no mencionara que, una vez calmada la situación, vino a mi mente la certeza de que había matado a dos hombres. Y la visión del jinete tumbado boca arriba con los ojos abiertos y la del hombre que sacaron a rastras de mi tienda con la cabeza abierta me provocaron un temblor de piernas seguido de unas arcadas que no pude reprimir.
Ahora, a la espera de que lleguen socorros, termino el relato de la que ha sido mi primera experiencia en combate y se que, aunque lo intente, no podré dormir pues nada más cerrar los ojos estoy convencido de que se aparecerá la el rostro de Emil Saiffer con su burlona sonrisa.  





[1] Hawkeye=Ojo de halcón

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