domingo, 23 de septiembre de 2012

LIBRO III -Capítulo XI



Veintisiete de Agosto de 1809 (Anno Domini). Lisboa

     Aunque era hora tardía cuando hemos llegado al puerto, el capitán Messervy y yo hemos podido presentarnos al comandante (británico) del mismo.

    Para quienes no estén familiarizados con los usos de la Armada diré que en cualquier puerto de reino aliado donde fondeen barcos del Rey se halla presente un oficial superior que se encarga de distribuir los fondeaderos disponibles; asignar materiales, suministros, orden de reparaciones o de surtir de tripulaciones las embarcaciones reparadas o recién alistadas.

     En nuestro caso hemos sido recibidos por el contralmirante de la [escuadra] Azul Peter Hutchins en su alojamiento en el ala del edificio de la Aduana reservada para uso de la Armada Real.

     Después de estudiar las órdenes que portamos, firmadas por el general Wellesley, hizo pasar a un teniente, que hacía las veces de asistente, que traía consigo la lista de naves surtas en el puerto. Como nuestra misión requería de la mayor celeridad posible, el contralmirante Hutchins ojeó el listado hasta que sus ojos se detuvieron en una línea:

    -El HMS Succes-dijo con satisfacción. -Está listo para partir y es una embarcación muy rápida.

       Sin dilatarse lo más mínimo, Hutchins nos conminó a dirigirnos al barco inmediatamente pues de ese modo podría aprovechar la marea de la madrugada para partir. Después de expedir la orden y de desearnos buena suerte, nos hizo acompañar por su asistente.

    Debo decir que, una vez más, la Armada ha hecho honor a su eficiencia pues en menos tiempo del que se requiere para contarlo nos encontrábamos en un muelle frente al cual se veía un pequeño barco al ancla.

    Era el Succes una goleta como pude averiguar. Sin dar tiempo a la más mínima dilación, el asistente del contralmirante ordenó a unos marineros que se hallaban en un esquife amarrado a un noray cercano que nos llevaran a bordo.

     Nos despedimos del teniente Sinclair, que nos había acompañado hasta las dependencias del contralmirante como si pareciera que no hubiera cumplido su misión hasta dejarnos en manos seguras. A la luz de los faroles que empezaban a llenar el puerto, pude observar las facciones impasibles del teniente; mostraba el mismo semblante que exhibiera cuando remató a los portugueses ayer. Le pedí que cuidara de Arrow, al que llevará de regreso a Trujillo, o donde se encuentre ahora el II/87, pues antes de partir se lo cedí en préstamo al ayudante de cirujano Tarín.


    Ahora, en la camareta donde nos alojaremos Meseervy y yo, y adonde nos ha conducido un guardiamarina, escribo estas líneas en espera de que nos sirvan la cena y nos presenten al capitán antes de que, en la madrugada, levemos anclas con destino a Cádiz. 

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