domingo, 9 de septiembre de 2012

LIBRO III - Capítulo X



Veintiséis de Agosto de 1809 (Anno Domini). En ruta hacia Lisboa

Hoy hemos sufrido un percance que a punto ha estado de acabar con todos cuantos componemos esta expedición.

Aunque ya he consignado que mi compañero de viaje es capitán, el mando efectivo de nuestra expedición lo detenta el teniente preboste Sinclair según órdenes precisas del mayor Grant. Este hecho puede que nos haya salvado la vida en el sentido de que la decisión y rapidez de reacción del teniente ha sorteado una situación muy apurada.

Esta misma mañana, apenas reanudada la marcha, se cruzó en nuestro camino un grupo de paisanos que demandaba socorro para sus familias desabastecidas. A pesar de lo paupérrimo de su apariencia nadie hizo lo más mínimo para aliviarles excepto el capitán Messervy, que ordenó detenerse y que se les entregara parte de nuestras provisiones.

El teniente Sinclair protestó aludiendo que no podíamos prescindir de las ya exiguas raciones. Su tono fue tan firme que Messervy echó mano a sus bolsillos y les entregó unas monedas a los pedigüeños. La expresión de alarma de Sinclair no me pasó inadvertida mas no hice ningún comentario y proseguimos la marcha no sin que éste ordenara a uno de sus hombres que se retrasara e informara de cualquier novedad a nuestras espaldas.

Habrían transcurrido unas horas cuando el rezagado se adelantó para comunicar que nos seguía un grupo de jinetes, diez o doce, a cierta distancia. La noticia provocó alarma en el capitán, que sugirió apretar el paso para distanciarnos pues acaso se tratase de tropa enemiga.

 Sin embargo Sinclair rechazó con frialdad la propuesta pues el sol estaba muy alto y forzar las monturas a hora tan calurosa los dejaría agotados para buena parte del resto de la jornada. Además juzgó que no podía tratarse de tropa enemiga pues su avance debía encontrarse aún muy lejos de allí. Mas, inopinadamente, ordenó hacer alto al abrigo de una pequeña arboleda a la orilla del camino. 

Con una celeridad que hubiera sorprendido al más exigente ordenancista, la media docena de prebostes desmontó y organizó lo que semejaba a una parada larga con caballos desensillados y atados a una lazada asegurada entre dos delgados árboles. Los hombres, a continuación se desplegaron cual si se encontrasen descansando unos, cepillando los caballos y buscando leña otros aunque con carabinas y pistolas prestas y semiocultas. Luego, con la mayor indiferencia, Sinclair nos invitó al capitán Messervy y a mí a situarnos al interior de la arboleda. Había ajustado sus dos pistolas en la faja, a la altura de los riñones y, como si estuviera saboreando el cigarro que acababa de encender, estaba adelantado mirando hacia por donde debían aparecer  nuestros perseguidores.

La perspectiva no parecía en absoluto halagüeña así que cargué mis pistolas y esperé el desarrollo de los acontecimientos. No mucho después una decena de jinetes hizo su aparición ante nosotros.


 Formaban un grupo variopinto en tanto que algunos montaban en caballos y otros, los más, en mulas; los había que vestían con uniformes, o partes de ellos que podrían ser de la Ordenança o del Ejército portugués, y ropas civiles. Me llamó la atención que portaran mosquetes y trabucos, apoyada la culata en la cadera, y que dieran amplios vistazos a uno y otro lado como si buscaran algo o como si nos estuvieran contando. Se adelantó uno, que vestía una descolorida casaca que un día fue azul, y preguntó sonriendo si éramos ingleses.

A la respuesta afirmativa de Sinclair, el grupo lo celebró mucho para que, seguidamente, el de la casaca azul nos advirtiera con grandes aspavientos de los peligros que acechaban en aquellos parajes y que representaban bandas de desertores.

Sinclair agradeció el consejo mas el otro insistió en que aceptáramos su compañía o, en su defecto, una pequeña voluntad merced a la cual se comprometían a protegernos durante el viaje.

Aquellas palabras me hicieron ver que sus intenciones no eran de fiar pero, tanto si estaba errado como en lo cierto, la impresión que le causara al teniente Sinclair debió ser parecida pues, como una exhalación, escupió su cigarro y gritó al tiempo que sus manos se iban a su espalda.

Las monturas relincharon a la par que alguno de sus jinetes se encaraba el trabuco pero no hubo tiempo a nada más. Los escoltas abrieron fuego con sus carabinas y luego con sus pistolas atronando la placidez de la mañana y cargando el aire, ya pesado, del olor a pólvora quemada. La descarga abatió a cinco hombres. Aún caía alguno mientras Sinclair despachaba sendos pistoletazos a su interlocutor y a otro sujeto que se encontraba a su lado. Messervy se echó al suelo cubriendo su cartera de cuero con su pecho mientras que yo extraje mis pistolas y disparé a mi vez hacia uno que trataba de volver grupas de la mula torda que montaba.

Aún sonaron cuatro tiros más pero fueron los últimos. Diez cuerpos yacían sobre el polvo reseco mientras su sangre teñía éste añadiendo una nota de color a la monotonía parduzca.

Ya anoté que los prebostes se veían profesionales pero jamás hubiera sospechado tal precisión.

Tras el tiroteo se desplegaron de forma que, como estaban, cubrían tanto el camino como  la carnicería que habían provocado. Se oían lamentos entre aquellos que aún vivían y alzaban las manos en demanda de auxilio.

Y lo que vi a continuación no lo olvidaré jamás aunque no lo consignara aquí. 

Una vez recargadas sus pistolas, Sinclair y otro de sus hombres armado de la misma forma, recorrieron el escenario de la matanza disparando en la cabeza de quienes gemían. No creí que ningún hombre pudiese matar con tanta facilidad a alguien indefenso. Noté una sensación extraña mas mi reciente experiencia en combate me había sin duda predispuesto a semejante espectáculo, no así el capitán Messervy, que vomitaba mientras apoyaba su cartera contra el pecho.

Después del episodio, y de nuevo con una heladora compostura, Sinclair ordenó reanudar la marcha. No se enterró a nadie, es decir, a ningún cadáver pues las armas que portaban sí corrieron esa suerte. Las monturas, liberadas de sus amos, permanecieron allí donde habían caído como, según Sinclair, advertencia para otros de la misma calaña.


Hace unos minutos, antes de iniciar estas líneas, he preguntado al teniente preboste cómo había sabido que los portugueses pretendían desvalijarnos. Ahora puedo decir que su respuesta fue tan fría como breve:

-No lo sabía. Me ordenaron llevarles al capitán y a usted a Lisboa, pasara lo que pasare y a costa de lo que fuere…


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