sábado, 6 de octubre de 2012

LIBRO III - Capítulo XII



Veintiocho de Agosto de 1809 (Anno Domini). A bordo del HMS Succes

    Nunca pensé, cuando la veía al ancla en el último vistazo que di desde el muelle, que echaría de menos alguna vez los cabeceos y los crujidos de la fragata Thebes, que me trajo a la Península parece que hace una eternidad.

Mas, ahora, se me antoja como el más acogedor de los hogares pues, en honor a la verdad, esta goleta es infinitamente más pequeña, cabecea lo indecible y los ruidos del maderamen parece que fueran a anunciar que el barco se fuera a romper en mil pedazos.

       El capitán Messervy y yo nos alojamos en una pequeña cabina junto a la del capitán. Pequeño, es en verdad, un caritativo epíteto pues todo en este barco es tremendamente reducido, desde la dotación hasta el armamento.


     Para empezar la dotación normal debería ser de veinte hombres, comprendidos oficiales y marineros, pero solamente la forman diecisiete. El mando lo detenta el teniente Richard Burke, un veterano (calculo que debe pasar de los cuarenta) que actúa como capitán en funciones. Le asiste, como primer y único oficial, el guardiamarina Howard Partridge de dieciocho años. 

    Hemos cenado juntos en la cabina del primero y, aún siendo en exceso misericordioso, este barco no es un destino querido por Burke, por más que el entusiasmo de Partridge haga de contrapunto a la apatía de aquél.

    Por lo que me ha confiado Partridge, el Succes está recién salido de una reparación concienzuda pues hace tres meses que escapó de milagro de una corbeta francesa en el Golfo de Vizcaya aunque en la fuga quedó bastante maltrecho y con la mitad de su tripulación muerta o malherida.

   Por fin, con el barco en condiciones de navegar, hubo que buscar una tripulación. Burke había sido sacado de un aviso[1] dedicado a vigilar la costa del norte de Portugal y él mismo de una fragata que se dirigía a las Antillas. 

    Respecto a los hombres excepto el piloto Sanders, el contramaestre Figgis y el médico-cocinero-boticario Johnson; todos han salido de las impopulares rondas de enganche[2] que han asolado los barrios portuarios de Lisboa en las semanas precedentes.

    Componen un grupo lastimoso, donde predominan británicos (seis), frente a portugueses (tres), españoles (dos) y un yanqui. Muy a tono con el barco, cuya única defensa consiste en cuatro carronadas de a doce libras y que, por tan pequeño, el esquife de salvamento va enganchado a un cable de popa.

    No obstante todo el mundo parece afanarse en su trabajo. Confieso que me resulta admirable observar a Partridge hacer mediciones con el sextante e impartir órdenes pues, en honor a la verdad, el capitán no gusta de abandonar su cabina.

     Pero, pese a todo, me asaltan los recuerdos de la singladura que me trajo a esta guerra. Y la imagen de Partridge me recuerda a la de los guardiamarinas y los jóvenes caballeros de la Thebes que escuchaban, entre obtusos y ávidos, las lecciones que les impartía el capitán.

    Dicen que la carrera a Cádiz será cosa de poco más de un día por lo que confío que el tiempo acompañe pues, de momento, he podido sortear los rigores del mareo, no así el capitán Messervy que se ha recluido en nuestro habitáculo con evidentes síntomas del mal que aflige a los hombres de tierra firme que abandonan su elemento natural.



[1] En inglés sloop of war
[2] En inglés  press- gang

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