martes, 3 de abril de 2012

LIBRO II - Capítulo 45 (IV)


Dos de Agosto de 1809 (Anno Domini). Talavera

Avanzada ya la tarde, después de que diéramos buena cuenta de las hogazas de pan tierno salidas de las tahonas de Talavera, y de una doble ración de vino, los sargentos se empeñaron en la tarea de pasar lista por compañías pero su tarea se vio interrumpida por el estrépito debido a fuego de artillería que retumbaba desde el sur.

Estaban batiendo las líneas españolas desde el otro lado del Portiña pero, en cualquier caso, caía lejos de nuestras posiciones y además pronto oscurecería de forma que los franceses suspenderían el fuego para no desperdiciar proyectiles y pólvora en una acción inútil.

Los hombres, agotados y necesitados muchos de cuidados, intentaron descansar aunque la tensión de la jornada se apreciaba en los rostros aún ennegrecidos por el humo de la pólvora quemada. Tampoco contribuyó al sosiego el hecho de que nadie hubiera visto ni supiera nada, desde la mañana, del padre Fennessy.

Y empezaba a ponerse el sol cuando, de repente, un terrible fragor procedente de la vanguardia de la brigada Löw hizo que cada hombre útil tomara su arma al tiempo que los sargentos gritaban los números de las compañías.

Se me antojó como si estuviera viviendo la misma situación de aquella mañana. Los franceses habían cruzado el Portiña, muy bajo en el cálido verano español, sorprendido a los alemanes de Löw y avanzaban cerro arriba por nuestros flancos, buscando tomar la cresta que estaba desguarnecida pues las brigadas de Tilson y de Stewart vivaqueaban más atrás.
Esta vez formamos la línea, que debía parecer muy pequeña dadas la bajas, y nos aprestamos a sostener el terreno. El mayor Gough, con el sable en la mano, recorría el batallón peligrosamente expuesto exhortándonos a cumplir con nuestro deber y a cobrarnos el golpe recibido. La oscuridad se iba enseñoreando del campo y solamente las hogueras que se extendían por todo el cerro parecían aportar un tono irreal, casi fantasmagórico. Una seca orden me hizo olvidarme de ensoñaciones:

-¡Compañía ligera, en escaramuza!

Como un solo hombre, la ligera se desplegó al frente del batallón. Creo que cada oficial mandaba sobre diez o quince hombres, no más. Me encontraba en el flanco izquierdo de la compañía y reparé en que aún sostenía el mosquete que tomara esta mañana. Lo cargué y monté y aguardé lo que pudiera venir.
No esperé mucho, una serie de descargas aisladas, que provocó algunas bajas, delató que teníamos enfrente a nuestros equivalentes franceses: una compañía de voltigeurs.

Fue una refriega prolongada e intensa. La oscuridad se incrementaba y cada vez era más difícil hacer blanco. No bien hube terminado de cargar por no se qué vez cuando el atronador vozarrón del capitán Edwards nos apremió:

-¡Retirada a la línea!

Retrocedimos disparando mientras advertimos que los voltigeurs habían dado paso a la infantería de línea. Aún cayeron tres o cuatro de los más avanzados antes de que ocupáramos nuestro lugar. Al instante, una potente descarga causó estragos en el avance, luego una segunda, y una tercera…El humo y la oscuridad hacían casi imposible ver nada pero los franceses se habían replegado.

Extenuados, muchos maldiciendo por habernos sorprendido dos veces el mismo día, algunos llorando de dolor, de rabia o por los camaradas muertos, pudimos oír cómo se luchaba más arriba, en la cresta. Ya casi no se veía nada, y fue un milagro que el teniente del I/29 que vino a anunciarnos que conservábamos el control del cerro y que los franceses se retiraban no recibiera una descarga mortal.

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