lunes, 12 de marzo de 2012

LIBRO II - Capítulo 44


Veintiséis de Julio de 1809 (Anno Domini). En los vados del Alberche

Una desagradable sorpresa ha puesto punto final a esta jornada.

Con las últimas luces muriendo en poniente, los centinelas han corrido la voz de que se aproximaba tropa desde el este. Las compañías han aprestado armas y, en pocos minutos, la Primera y la Tercera división estaban prestas al combate. Incluso los jinetes de Anson, acampados al otro lado del río, se han presentado en forma de dos escuadrones.

Pero lo que se acercaba no era el enemigo sino los españoles que poco antes hubieran salido en pos de los franceses que se retiraban. Al parecer el Cuerpo de Victor se ha reunido con tropas francesas de refuerzo que acuden a darnos la batalla.

La oscuridad parece acompañar la penosa situación:

Los españoles, agotados por la sucesión de marcha y contramarcha, y que se nota especialmente en los regimientos de conscriptos, harapientos y mal equipados y cuyos componentes, en absoluto acostumbrados a los rigores de la marcha de campaña, acusan la fatiga en grado extremo.

Pero no van a cruzar el Alberche. No esta noche pues es peligroso cruzar los vados en la oscuridad. Además, y esto es plausible, los españoles necesitan reposo si sus jefes quieren que luchen mañana.

No habrá lucha hoy, dicen los suboficiales. Las sombras se han enseñoreado del cielo y pronto no se verá nada a diez pasos. Los franceses no atacarán y los españoles, y nosotros, dispondremos de unas horas de descanso, aunque muchos hombres no conseguirán dormir esta noche.

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