sábado, 1 de junio de 2013

LIBRO IV - Capítulo V


Siete de Octubre de 1809 (Anno Domini). A bordo del Portobelho

Días de lluvia y de calor húmedo se suceden convirtiendo cada jornada en un tormento.

 Solamente la novedad que supone ver otros barcos que navegan por las mismas aguas anima en algo la rutina. Sin embargo no hemos visto vela amiga y sí mucha extranjera, y aún enemiga, aunque hace ya varios días que navegamos bajo bandera yanqui de modo que nada hace presagiar conflicto alguno.

Hace tiempo que Messervy y yo hemos trocado nuestros uniformes por prendas más ligeras hechas al clima extremo al que nos enfrentamos. Aún así el calor es tremendamente pesado, lo que sumado a la humedad implica que nuestras ropas estén casi permanentemente mojadas.


Hubiese querido comunicar mi descubrimiento sobre la carga que transportamos a Partridge pero confieso que su ánimo parece estar tan decaído como el de Messervy antes de que le instara a llevar una correspondencia diaria que ocupara sus pensamientos.

Pero la situación de Partridge no es la misma. Obligado a trabajar en menesteres muy inferiores a los que sus capacidades le facultan, y sometido a la tiranía del mulato Pouzada, se le ve hosco e irritable. No he podido intercambiar con él más de unas cuantas frases en tres días y en ningún momento ha dejado de manifestarme que su plan está dispuesto para cuando se presente la ocasión. Es por ello que he omitido referirle mi hallazgo pues temo que opte por una medida desesperada pues, y esto es una obviedad, si llevamos mosquetes es más que seguro que habrá a bordo pólvora suficiente como para hacerlo saltar por los aires.

Por el contrario mis conversaciones con Figgis, que procuro llevar a cabo a la vista de todos sobre cubierta para evitar suspicacias, y a las que últimamente se ha agregado Manuel Sánchez, uno de los pocos tripulantes de la Succes que aún goza de la confianza de Figgis, y por tanto de la mía, cuyo concurso ha de ser por fuerza indispensable si queremos librarnos de nuestra reclusión.

Y, desde luego, el español es hombre de recursos y de valor pues le ha  relatado a Figgis parte de su vida en la mar, que incluye servicio como artillero en los combates de Finisterre y Trafalgar. No he podido evitar pensar al oirlo en lo absurdo que es a veces todo en esta vida pues muy bien podría haber sido su cañón el que provocó el astillazo que hiriera a Barlow.


 Absurdo aunque se me antoja descorazonador pues, en uno y otro caso, los dos lucharon por su Patria y por su Rey para terminar el uno como primer oficial de un barco negrero y el otro como alistado forzoso en la Armada de un país que no es el suyo y en un país que tampoco era el de su nacimiento. La perspectiva de acabar mis días, en caso de que salga con bien de esta endemoniada situación, como mercenario en un ejército extranjero o en el arroyo y totalmente desamparado me oprime el alma pues nada de cuanto pudiera hacer en el cumplimiento del deber me sustraería de tal destino si, como mi padre sentencia, vienen mal dadas.

Es capítulo aparte la relación que hago a continuación de los hombres y armas a bordo del barco. Con un margen de error que me he permitido establecer en diez hombres, el inventario es el siguiente:

-Tripulación: Capitán; dos oficiales; contador; cirujano y 52 marineros (donde se incluyen todas las especialidades)[1]

-Armamento: Seis carronadas de veinticuatro libras; Diez cañones largos de dieciocho libras; Entre diez y doce cañones giratorios y dotación de armas cortas de abordaje (sables, chuzos, hachas) mas pistolas y mosquetes en número, probable, suficiente para dotar la entera dotación.




[1] No incluyo aquí a ninguno de los tripulantes y pasaje de la desaparecida goleta Succes

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