domingo, 27 de enero de 2013

LIBRO III - Capítulo XIV



Cuatro de Septiembre de 1809 (Anno Domini). Séptimo día en el mar

Esta mañana ha muerto el marinero Sickles.

Ya desde anoche su letanía se había convertido en un lamentable monólogo trufado de llamadas a la madre y a una mujer llamada Eliza, que suponemos es su esposa. 

Figgis, el contramaestre, lo abrazó y pasó así prácticamente la totalidad de su último día entre los vivos.

Lo entregamos al mar demudados aunque, egoístamente, secretamente aliviados pues sus gemidos eran terribles y mi ánimo, en realidad creo que el de todos, se resentía de sus efectos.

Según el capitán, pues a todos los efectos el guardiamarina Partridge es el capitán, nos encontramos cerca de la costa mas, en previsión de un nuevo ataque, seguimos una derrota que, si bien nos ha de acercar a aquella, resulta más dilatada para evitar en lo posible la vista de tierra pues estas son aguas de contrabandistas que acuciados por la guerra se dedican a otros menesteres tales como la vil piratería.

Nuestras esperanzas se basan en que algún barco que haya salido o se dirija a Lisboa nos recoja. Esta posibilidad es, realmente, la única esperanza a la que nos aferramos pues nos encontramos en una de las rutas más concurridas del sur del Continente.

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