domingo, 25 de noviembre de 2012

LIBRO III - Capítulo XIII (II)



Dos de Septiembre de 1809 (Anno Domini). Quinto día a la deriva

    Ya podíamos oír los gritos de los tripulantes del queche que se nos arrimaba por la banda de babor. 

    Después de cargar el mosquete me asomé lo suficiente como para apuntar y disparar. Volví a cubrirme para recargar solo para comprobar que Messervy no sabía desempeñarse con tal arma.

   Las resistencia que ofrecíamos pareció desconcertar a nuestros atacantes pues el barco más cercano viró, alejándose algo, mientras que el otro maniobraba para dejar al descubierto las tres batiportas abiertas de su costado de estribor.

    Hasta entonces nos habían disparado con pequeños cañones de proa de seis u ocho libras pero ahora asomaban negras bocas que, a decir de Figgis, eran de doce libras. La descarga atronó el crepúsculo y tres impactos bien dirigidos hicieron blanco. Más gritos y la carronada de la aleta de babor desmontada fueron la respuesta a los piques mas, sin mostrar signos de querer rendirse, Sánchez con dos de los británicos y el yanqui, manejaba su carronada que, cargada ahora con palanqueta, disparó sobre el queche que ya había sido previamente golpeado con bala rasa.

    El disparo fue afortunado pues la palanqueta se enganchó en el velamen y continuó su devastador recorrido rompiendo el palo mayor y embarullando sus restos descuajaringados al trinquete.

   Oscurecía ya y Partridge, sabedor de que estábamos muy tocados, ordenó desplegar todo el trapo del palo mayor y, aprovechando el viento y la creciente oscuridad, alejarnos de allí.

   No sabría decir, creo que nadie podría, cuanto duró aquella carrera endemoniada en la que tres hombres más y yo mismo hacíamos fuego de mosquete mientras la Succes navegaba todo lo velozmente que podía.

    Y, estoy seguro, nos salvó la oscuridad pues con el cielo ya velado los piratas empezaron a distanciarse, no tanto por agotamiento como porque de noche, y en medio del océano, su ventaja podría no ser tanta toda vez que ya era solamente uno de los queches el que nos perseguía y, tal y como habíamos atestiguado, no estábamos dispuestos a sucumbir sin vendernos lo más caros posible. Aún nos hicieron dos disparos más con el cañón de proa; uno levantó una columna de agua que cayó sobre nuestra cubierta, pero el otro se dejó oír con un golpe seco en algún lugar del casco por la aleta de estribor… 

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