domingo, 12 de mayo de 2013

LIBRO IV - Capítulo III



Veintitrés de Septiembre de 1809 (Anno Domini). A bordo del Portobelho

Este que hoy acaba es el decimoséptimo día a bordo.

No se han visto velas en las últimas jornadas y, por lo que he podido oír, estamos cerca, según lo que un marino entienda por cerca, del lugar adonde nos dirigimos.

La situación no ha variado en exceso, excepción hecha del estado de ánimo del capitán Messervy que flaquea cada vez más.

Dada su apatía le he impuesto unas sesiones diarias de trabajo consistentes en redactar correspondencia durante varias horas a lo largo de la jornada. Pese a lo reservado de su carácter me ha confiado que tiene esposa y dos hijos en Lancashire y que un hermano suyo es parlamentario en los Comunes por ese mismo condado.

 Apelando primero a sus deberes filiales para, posteriormente, recurrir a la disciplina militar toda vez que él es mi superior y debe, en todo momento, asumir la responsabilidad de mis actos, he logrado que escriba dos o tres cartas diarias a su esposa e hijos y a su hermano pues asumiendo que poco o nada podemos hacer (hasta que el capitán Fernándes nos revele cuáles serán nuestras tareas a bordo), opino que será buena cosa que mantenga su cabeza ocupada y huya del desaliento que se ha enseñoreado de su alma.

Cuando le veo sentado sobre el pequeño escritorio de la cabina tratando de plasmar sus pensamientos sobre el papel me imagino a mí mismo haciendo lo propio en este diario que se ha convertido ya en una parte de mi ser. Confieso que el verle empeñado en una tarea, por peregrina que sea, me siento mucho más decidido a buscar nuestra liberación aunque, presumo, deba actuar como freno del guardiamarina Partridge pues su cólera crece por momentos, superando con mucho la vergüenza que le produce su situación de subordinado del mulato Pouzada.

Confío en que no se precipite y su actuación redunde en un empeoramiento de nuestra situación. Solamente me tranquiliza un tanto el hecho de que no nos hayan arrojado por la borda después de las acusaciones que el guardiamarina lanzara contra Fernándes. Sin embargo no puedo evitar experimentar un punto de temor al pensar que podamos correr esa suerte cuando hayamos dejado de ser útiles.

Prosigo con el balance de hombres y armas del barco. Sumando información y, sobre todo, contando a los hombres y corrigiendo las cuentas cuando descubro que he numerado al mismo dos veces. Es una tarea agotadora pero, al fin y al cabo, soy un soldado y, como tal, es mi deber conocer la fuerza de mi enemigo a fin de hallar un punto débil que aprovechar para su derrota.

Y, para mi sorpresa a la par que para mi desaliento, creo que los tripulantes pasan del centenar aunque esperaré a poder conversar con Figgis o Partridge para confirmarlo. Y hombres duros, como ya he dicho, en muchos de los cuales se muestran las huellas de una vida azarosa y, a menudo, peligrosa: cicatrices que cubren rostros hoscos y curtidos; algún parche que tapa la cuenca vacía donde alguna vez hubo un ojo, dedos que se echan en falta en varias manos…

Incluso el cocinero, un portugués gordo llamado Nuno, luce una pierna de madera recuerdo de algún lejano día en el que la Muerte le sorteó y le dejó en el mundo de los vivos atado a un trozo de madera y con la firme promesa de que habrá de llevarle para que se reúna con el miembro que le falta. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada