viernes, 22 de marzo de 2013

LIBRO III - Capítulo XVI



Ocho de Septiembre de 1809 (Anno Domini). A bordo del Portobelho

Dos días a bordo de este barco han bastado para transformar la alegría que había supuesto nuestro rescate en una amarga desazón.

Ayer a mediodía, mientras nos encontrábamos paseando por la cubierta el guardiamarina Partridge y yo, se nos acercó el contramestre Figgis, que se encontraba desempeñando labores de simple marinero al igual que el resto de nuestros hombres cuyas heridas se lo impidieran.
Hablando a grandes voces aprovechaba nuestras réplicas para narrarnos cuanto había visto y oído desde que embarcáramos.

Y lo que nos refirió nos sorprendió, quizás más a mí que a Partridge cuyo semblante enrojecía a la medida que escuchaba el relato de Figgis:
El Portobelho es un barco negrero, lo había averiguado en el mismo momento que vio los sollados por primera vez; se dirigía a África Occidental procedente de Liverpool y cargaba mercaderías diversas que se trocarían por esclavos. Y, y esto me hizo estremecer, al parecer nos habían recogido no por caridad cristiana sino porque tres días antes de avistarnos el capitán había mandado pasar por la quilla a cuatro marineros que se habían quejado sobre la paga, cuyo monto resultaba inferior a lo estipulado cuando se enrolaron.

Partridge y yo intentamos aparentar normalidad y regresamos a nuestra cabina, donde referimos a Messervy todo cuanto sabíamos.
La situación no se presentaba halagüeña en modo alguno. El tráfico de esclavos había sido proscrito por el gobierno de Su Majestad hacía un par de años, y lo mismo habían hecho los norteamericanos, de forma que un encuentro con naves de guerra de cualquiera de los dos países podía dar con nuestros huesos en la horca o acabar de pasto de los peces cosidos a cañonazos.

Por otra parte, no había forma de salir del barco salvo robando un bote pero necesitaríamos de nuestros marineros, ahora hacinados con el resto de la tripulación a proa.

Messervy sugirió que se ofreciera al capitán una buena suma por desembarcarnos, suma que podría él mismo garantizar dado que llevaba despachos para Sir Richard Wellesley, el embajador británico ante la Junta Suprema Central española, por lo que el ilustre personaje satisfaría la cantidad prometida a costa de las arcas del Rey Jorge.

El guardiamarina Partridge, por su parte, visiblemente ofuscado por hallarnos en semejante situación, propuso hablar con Barlow, el primer oficial, pues siendo éste inglés sería fácil apelar a su sentido del patriotismo. Y aunque Messervy y yo tratamos de disuadirle, el guardiamarina se fue en busca del primero y lo trajo a nuestra cabina.

El resultado de la empresa fue, no podía ser de otra manera, desastroso. En primer lugar Barlow celebró burlonamente que fuésemos tan perspicaces. Luego continuó diciendo que nosotros habíamos consentido en embarcar de modo que ahora quedábamos sometidos a la disciplina de a bordo.

Para empeorar las cosas Messervy lanzó su oferta de suculenta gratificación pero Barlow cortó respondiendo que lo que iban a embolsarse los tripulantes del Portobelho en ese viaje sería infinitamente más de lo que les daría el embajador, o el Rey o quien fuese.

Vicealmirante Collingwood
Y, como remate, la invocación de Partridge a Inglaterra y a la justeza de las leyes que respaldaba, auxiliada por la Armada Real, en contra del tráfico de esclavos se topó con una mirada fría que pareció taladrarle y un tono de voz del que habían desaparecido las trazas de burla…

-¿La Armada Real, señor guardiamarina?-dijo mientras se remangaba la pernera derecha mostrando una tremenda cicatriz que la recorría desde el muslo al tobillo.

-Un astillazo a bordo del Royal Sovereign[1] y la felicitación personal del Padre[2]-dijo con aspereza-para que tres meses después me expulsaran con deshonor por pegarle un tiro a un cobarde de capitán que rehuyó el combate…

-Váyanse al infierno usted y la Armada Real-concluyó saliendo de la cabina dejándonos mudos y con la lúgubre sensación de que nuestras desgracias estaban realmente a punto de comenzar en un lugar remoto y terrible del que solamente había oído hablar hasta entonces: La Costa de los Esclavos


[1] En la jornada de Trafalgar, 21 de Octubre de 1805
[2] Sobrenombre del vicealmirante Cuthbert Collingwood

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