lunes, 19 de marzo de 2012

LIBRO II - Capítulo 45 (II)







Dos de Agosto de 1809 (Anno Domini).Talavera

…y a la sorpresa siguió la confusión, y de esta resultó  un caos indescriptible.
No sería honesto si no reconociera aquí que tuve miedo. Miedo y también una atroz sensación de desamparo pues veía hombres corriendo y, también, cayendo bajo el fuego de un enemigo semioculto entre la espesura pero que, se acercaba tal y como delataban sus tambores.

Me sentí aturdido y confuso, debo confesarlo, y completamente paralizado por el miedo. Ni siquiera fui consciente de que había mojado el calzón aunque eso no me hubiera preocupado lo más mínimo en aquellos momentos. Nunca sabré cuanto tiempo estuve parado, a tiro del enemigo que se acercaba. Solamente recuerdo, y esto no lo olvidaré mientras viva, cómo una recia mano me agarró del brazo izquierdo y tiró de mí al tiempo que oía:

-¡A correr, teniente!

Era el sargento Redding. Su irrupción me hizo reaccionar y caer en la cuenta de que, al fin, me encontraba en medio de una batalla. Le seguí, pues, en la seguridad de que de ello dependería vivir para combatir un día más.

No sabría decir cuanta distancia cubrimos esquivando raíces y golpeándonos con las ramas y con los disparos resonando a nuestras espaldas. De repente, Redding detuvo su carrera y lanzó un potente grito:

-¡A mí, hombres del 87!

Pude ver cómo soldados de casaca roja huían en desbandada a nuestro alrededor pero, como por ensalmo, varios hombres empezaron a formar una línea. Pude distinguir al cabo Watters y a los soldados Abermathy, Riley, Bombay Jim, Bohane y Loughlin mas algunos otros a los que no identifiqué al principio. Los hombres que las portaban cargaron sus armas, pues la sorpresa había sido tal que muchos habían echado a correr sin sus mosquetes. Aún en aquellas circunstancias logré atinar a preguntarme por qué los piquetes de avanzada no habían dado la alarma.

Los árboles, extraordinariamente densos, nos dificultaban la visión pero el anuncio de que el enemigo se nos echaba encima nos llegó de un modo que jamás podré olvidar:

Un soldado de casaca roja surgió enfrente nuestro corriendo, sin mosquete ni chacó y abriéndose paso por entre las ramas bajas. Su carrera, empero, fue frenada en seco por un certero disparo. El hombre se detuvo y cayó de bruces, apenas un segundo antes de que acertara a distinguir unas azules formas difusas apenas a cuarenta yardas de donde me hallaba.

No llegué a gritar mi primera orden de fuego pues mis hombres, acaso acostumbrados a su oficio o, recelosos de mi bisoñez, empezaron a administrar fuego no en descarga cerrada sino seleccionando blancos, tal y como atestiguaba la cadencia de los disparos.

Durante un instante pareció que todo hubiese quedado en silencio, al menos es la impresión que se me quedó grabada en la memoria, pero ese instante desapareció en forma de una lluvia de proyectiles que nos cayó no sabría decir desde donde.

El sargento Redding se situó a mi lado y empezó a susurrarme las órdenes que debía impartir, las órdenes que no supe dar por mí mismo y que me limitaba a repetir a voz en grito:

-¡Mantengan la línea!

-¡Fuego graneado!

 Las balas silbaban por todas partes, estrellándose contra los troncos y arrancando astillas de ellos. Resistíamos aunque, en honor a la verdad,  ni siquiera estaba seguro de que los franceses no nos hubieran embolsado.

Y las bajas ya se hacían notar entre mi exigua tropa: el cabo Watters,  el soldado Bohane, Quinlan, Ellwood, Abermathy… Los heridos cedían sus armas a  aquellos que no las tenían y los gemidos de dolor se unían a las maldiciones de unos y a los rezos de otros, empeñados todos en cargar y disparar. También caí en la cuenta de que no estaba haciendo nada salvo repetir lo que Redding me decía.

Tomé el mosquete de uno de los caídos así como sus cargas y pólvora y, tal y como lo había hecho en la Thebes, cargué y disparé como uno más de mis hombres. Entre el estruendo podían oírse ya las voces de los franceses.

Fui habituándome por momentos a la batahola que me rodeaba. Ahora ya podía distinguir más adelante al enemigo, casacas azules y chacó con pompón de color verde, es decir primera compañía de chasseurs o de  fusiliers según se tratase de un regimiento ligero o uno de línea.  Asimismo, encontré la fuerza de ánimo suficiente como para impartir mis propias órdenes de las que la primera, recuerdo, fue:

-¡Cubran el flanco izquierdo!

Los dos hombres que estaban en el extremo de aquél habían caído a la vez y, solamente gracias al grito del soldado Riley, pude advertirlo. Casi de inmediato tres hombres, de las compañías de línea pues ninguno lucía nuestros distintivos, se precipitaron a ocupar su puesto allí.

Más adelante, lejos hacia nuestras primitivas posiciones, se oía el estruendo de un furioso intercambio de disparos, que interpreté como que la brigada seguía resistiendo. Esa circunstancia me insufló nuevos ánimos y aún me reconfortó más el hecho de que desde el extremo derecho de nuestra precaria línea una descarga se abatiera contra nuestro frente. Para mi sorpresa, casacas rojas surgieron de la espesura y, tras formar en nuestro flanco derecho, continuó administrando fuego…

martes, 13 de marzo de 2012

LIBRO II - Capítulo 45 (I)



Dos de Agosto de 1809 (Anno Domini). Talavera

Hoy puedo proseguir este diario después de la que ha sido mi primera batalla.

Han pasado varios días desde que plasmara mis últimas impresiones pero, al fin, hoy me encuentro en condiciones de cambiar el mosquete por el lápiz para legar a quienes vengan tras mis pasos todo cuanto he visto y sentido.

Espero poder recordar todos los recientes acontecimientos aunque, con franqueza, diré que no pocos momentos se me antojan como una ensoñación por cuanto aún me siento dominado por la excitación.

Así pues, ordenando tanto como me es posible mis vivencias, relato a continuación los hechos tal y como los recuerdo.

Amaneció el día Veintisiete de Julio sin que las patrullas de la Brigada Anson anunciaran presencia enemiga en las proximidades. De tal suerte, el ejército español inició su repliegue hacia el oeste por el puente del Camino Real.

Verdaderamente la decisión del general Cuesta de permitir descansar a sus hombres la noche anterior se demostró acertada pues su tropa pudo retirarse en buen orden hacia la posición que los generales habían elegido para plantear batalla.

A mediodía, con los españoles ya al otro lado del Alberche, anunciaron las patrullas que habían avistado caballería enemiga. El general Wellesley, que se había trasladado a la Casa de Salinas, ordenó que la Primera división se replegase a su vez quedando nosotros, la Tercera división, y la brigada de caballería como cobertura de retaguardia. Así, la Primera División cruzó el Alberche por el sur, por el puente, mientras que nosotros y la caballería repasaríamos el río por el vado llamado de Cazalegas y nos situaríamos al otro lado del mismo para luego proceder a nuestro repliegue escalonado.

Tal como se nos ordenó, la Tercera división cruzó por Cazalegas y tomó posiciones frente al mismo: la brigada Donkin( II/87, I/88, cías V/60) a la izquierda; la brigada McKenzie (II/24, II/31, I/45) a la derecha.

 El terreno, monte bajo boscoso, dificultaba tanto las maniobras como la visibilidad, hasta el punto de que la brigada de caballería se situó a nuestra retaguardia dada la inutilidad de su misión de exploradores en semejante campo. El general Donkin, dada la naturaleza del terreno y la aparente lejanía del ejército enemigo, ordenó descanso a discreción en las acogedoras sombras de los árboles.

  Antes de cruzar, y en orden a dificultar lo más posible al enemigo, nuestros hombres prendieron fuego a las cabañas que nos sirviera de alojamiento las noches precedentes. El incendio, cuya humareda se extendió hacia el oeste, nos ocultó de las patrullas enemigas pero, y creo que nadie calibró esta posibilidad, ese mismo humo ocultó a una potente fuerza enemiga que, de este modo, pudo cruzar por Cazalegas y desplegarse por entre la arboleda.

Una descarga cerrada, y redobles de tambor que anunciaban el terrible pas de charge, nos anunció lo impensable: la infantería francesa cargaba directamente sobre nuestra brigada… 

lunes, 12 de marzo de 2012

LIBRO II - Capítulo 44


Veintiséis de Julio de 1809 (Anno Domini). En los vados del Alberche

Una desagradable sorpresa ha puesto punto final a esta jornada.

Con las últimas luces muriendo en poniente, los centinelas han corrido la voz de que se aproximaba tropa desde el este. Las compañías han aprestado armas y, en pocos minutos, la Primera y la Tercera división estaban prestas al combate. Incluso los jinetes de Anson, acampados al otro lado del río, se han presentado en forma de dos escuadrones.

Pero lo que se acercaba no era el enemigo sino los españoles que poco antes hubieran salido en pos de los franceses que se retiraban. Al parecer el Cuerpo de Victor se ha reunido con tropas francesas de refuerzo que acuden a darnos la batalla.

La oscuridad parece acompañar la penosa situación:

Los españoles, agotados por la sucesión de marcha y contramarcha, y que se nota especialmente en los regimientos de conscriptos, harapientos y mal equipados y cuyos componentes, en absoluto acostumbrados a los rigores de la marcha de campaña, acusan la fatiga en grado extremo.

Pero no van a cruzar el Alberche. No esta noche pues es peligroso cruzar los vados en la oscuridad. Además, y esto es plausible, los españoles necesitan reposo si sus jefes quieren que luchen mañana.

No habrá lucha hoy, dicen los suboficiales. Las sombras se han enseñoreado del cielo y pronto no se verá nada a diez pasos. Los franceses no atacarán y los españoles, y nosotros, dispondremos de unas horas de descanso, aunque muchos hombres no conseguirán dormir esta noche.

domingo, 4 de marzo de 2012

LIBRO II - Capítulo 43


Veinticinco de Julio del Año de Nuestro Señor de 1809. En los vados del Alberche

La espera es tal vez lo peor del oficio de soldado.


Hoy se conmemora la festividad de Santiago, patrón de España. Parece que es fecha propicia para que los españoles tengan un día memorable. Y, aunque aguardábamos a oír, al menos, el choque entre las tropas españolas y las  francesas que se repliegan (hoy hemos sabido que se trata del Cuerpo de Ejército del mariscal Victor) solo el silencio ha sido la respuesta.

La moral de los hombres es, en apariencia, elevada. No hay signos, visibles al menos, de temor o de fatiga y, al parecer, no ha habido deserciones desde que ocupáramos esta posición (aunque, de haberlas, dudo que lo hubieran anunciado hasta después de la batalla).

No hay noticias de ninguna clase, lo cual no deja de añadir un punto de temor a mi ánimo. Cuánto menos angustioso resultaría que entráramos en liza de una vez por todas e hiciéramos lo que hemos venido a hacer.

Es curioso que ayer me sintiera en parte aliviado por no combatir y hoy, sin embargo, ante la posibilidad de que los españoles se queden con toda la gloria y que nosotros no intervengamos, me domine un irreprimible deseo de entrar en batalla.

No obstante, aunque por el momento no parezca inminente el combate, el padre Fennessy se multiplica a la hora de atender las confesiones de quienes desean dejar limpia su Alma ante la perspectiva de la muerte.
Nunca hubiera imaginado tanta energía en nuestro achaparrado y borrachín páter. Hasta los protestantes le respetan y no son pocos de entre ellos los que le invitan a beber, no importando lo más mínimo que sea aquél un ministro del Papa de Roma.

Incluso ha pedido al mayor Gough que le permitiera dirigir unas palabras de aliento al batallón y éste ha accedido. Ha constituido un espectáculo inolvidable ver a esos hombres congregados en torno a  la rechoncha figura del clérigo que, de pie sobre una pequeña elevación del terreno, se ha dirigido a todos: los católicos, rodilla en tierra; los anglicanos, los de la Iglesia de Irlanda, los metodistas y los impíos en pie y descubiertos.

Soldados, sargentos, oficiales…Todos escuchando cómo un hombre de Dios nos insuflaba ánimos ante la dura prueba que nos aguarda. Y él nos habló como creo que no lo había hecho jamás en su parroquia de Mullaghbrack.
 Nos alentó sobre nuestro deber como soldados; de la recompensa que Dios otorga a los hombres justos; de nuestros enemigos, que ha comparado con los hunos del terrible Atila y, en definitiva, de la noble causa que defendemos.

No olvidaré sus últimas palabras, dedicadas a aquellos que “aún no habéis pasado la dura prueba de la batalla” y que enseguida reconocí como parte de una de las Cartas de San Pablo:

Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño,
pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño.

Cuánta razón hay en ese pasaje. Ha llegado el momento de despojarse de las cosas de niño y de convertirse en un hombre aunque muchos ahora, ni siquiera se si yo mismo sería uno de ellos, no desdeñaría seguir siendo un niño.

sábado, 25 de febrero de 2012

LIBRO II - Capítulo 42



     Veinticuatro de Julio del Año de Nuestro Señor de 1809. En los vados del Alberche
      
      La batalla se adivina inminente.

Ayer nuestra división, junto a la Primera y la brigada de caballería del general  Anson, recibió la orden de avanzar hacia el este, más allá de la villa de Talavera, y tomar posiciones en la orilla oriental del río Alberche, que poco antes habían cruzado fuerzas enemigas en retirada.

Parece que nuestra misión es cubrir a las tropas españolas que se han lanzado en persecución de los franceses. Estamos desplegados cubriendo los vados y un puente, más abajo, que enlaza con el Camino Real de Madrid en una zona de cultivo dominada por una edificación semiderruida llamada Casa de Salinas.

Ya el día Veintidós pudimos oír disparos procedentes del despliegue español. Parece ser que la división de caballería del Duque de Alburquerque chocó contra una fuerza de dragones franceses que resistió el envite de la infantería y la artillería españolas y se replegó en orden a continuación.

Sin embargo, no puedo decir que nuestro avance haya sido ninguna hazaña. Las dos divisiones han sobrepasado Talavera sin hallar resistencia y han progresado por entre los olivares y los pastos que se extienden al este de la población. No hemos visto a ningún enemigo y nuestras patrullas se han incautado, como objetivo prioritario, de todos los hornos de pan de la villa. Ya ni siquiera hay distinciones en nuestra dieta y soldados y oficiales venimos consumiendo las mismas raciones de galleta, tan duras que incluso se puede escribir en su superficie. Al menos, podemos permitirnos el lujo de dormir a resguardo pues los franceses, en su retirada, han dejado intactas las cabañas en que se habían alojado durante las últimas jornadas.

No sabría expresar exactamente cómo me siento pues la opresión que me atenazaba desde días pasados parece haber desaparecido o, más bien, ha sido sustituía por una mezcla de excitación y de algo que no sabría cómo definir pero que, tal vez, sea miedo.

Me avergüenza reconocerlo pero mis piernas tiemblan a cada paso en nuestro avance. Ya solo los oficiales superiores van a caballo y portamos solo lo indispensable. Todo el equipaje ha quedado con el grueso del ejército en la retaguardia y yo solamente conservo, aparte de las armas, este diario, unos cuantos lápices y las cartas del teniente Laherty, que espero devolverle cuando haya acabado todo.

Me siento extraño escribiendo estas líneas mientras los españoles están  buscando trabar batalla al tiempo que nosotros, dos divisiones enteras, estamos aquí mano sobre mano. Imagino que el general Wellesley conoce su oficio y nuestro despliegue aquí tiene, por tanto, su razón,

 Y más extraño me resulta aún verme a mí mismo como veterano, empleando el mismo lenguaje que éstos cuando me refiero a la contienda que nos aguarda.

“Cuando hubo acabado todo”, así solía terminar mi padre sus relatos de batallas y yo, un jovenzuelo que aún no ha visto una verdadera batalla, me permito usar esas mismas palabras. Verdaderamente, si mis hermanos estuvieran aquí hoy, se burlarían de mi presunción.

Qué confusión de emociones, en suma, se enseñorea de mi Ser. Estoy a punto de cumplir el deseo al que aspira todo soldado: la prueba de fuego.

Es lo que he deseado siempre y, sin embargo, se me antoja ahora mismo como el regalo que te entrega el Diablo a cambio de tu Alma.

martes, 21 de febrero de 2012

LIBRO II - Capítulo 41



Veintidós de Julio del Año de Nuestro Señor de 1809. En ruta por España

Estamos en tierras castellanas, las mismas que hollaran un día mesnadas de guerreros de la Cruz empeñados en devolver toda esta nación a la Ley de Dios.
 Hemos dejado atrás Oropesa y marchamos hacia el este, en paralelo a las tropas españolas

Al parecer, según siempre el teniente Tarín, cuya erudición sobre la Historia de España convoca cada día a mayor número de oyentes deseosos de saber de heroicos momentos del pasado, esta villa de Oropesa fue, durante mucho tiempo, la frontera entre la Cruz y el Islam, entre Castilla y los reinos musulmanes del Sur. Cuenta, como no podía ser de otra manera, con un castillo y con un Colegio de Jesuitas, esos esforzados soldados de Dios siempre prestos a llevar su palabra allí donde nadie se atreve a hollar.

Asimismo, pues esta es tierra fecunda en soldados, Tarín nos ha hablado de Rodrigo Orgóñez, uno de los captores de Francisco I en la batalla de Pavía y partícipe de la conquista del Imperio de los Incas; y del Duque de Alba, azote de los holandeses, a quien corresponde el señorío de estos lares.

El calor se hace más y más intenso conforme avanzamos. No son pocos los hombres que caen al suelo, vencidos por la inclemencia del tiempo, por la sed y por el escaso sustento que les proporcionan sus magras raciones. Ignoramos cómo estarán de abastecidos los españoles pero me cuesta imaginar que estén peor que nosotros.

Parece ser, al menos es lo que asegura el ayudante del Intendente General, que el general Wellesley ha exigido al general Cuesta los suministros prometidos e, inclusive, ha llegado a insinuar al español que si no nos surten adecuadamente abandonaremos la lucha y nos retiraremos a Portugal. No parece, desde luego, una perspectiva halagüeña el volvernos a Abrantes, o a Lisboa, o a donde sea sin haber entrado en combate. Egoístamente espero no tener que verme como aquél teniente del III/27 que volvía lloroso y cabizbajo a Lisboa hace apenas unos días.

Mientras esto escribo siento como si una fuerza irresistible anidara en mi pecho y me impeliera a la batalla. Es una sensación extraña, aunque en cierto modo familiar, pues la conozco bien desde que era un niño. Mi padre, cuando nos contaba a mis hermanos y a mí sus experiencias en la guerra (nunca nos hurtó ningún aspecto de la misma, por desagradable que fuera) hablaba a menudo de algo parecido: una presión en todo el cuerpo y que anunciaba la inminencia de un combate.

Ignoro si mis sentimientos son los mismos que mi padre experimentaba pero, de ser así, si realmente estoy presagiando la lucha, esta me encontrará dispuesto a afrontarla. No quiero dejarme abatir por el pesimismo de modo que asumiré mi mando y cumpliré mis órdenes llegado el momento,

Y no podría acabar estas líneas sin referirme a ese que se ha convertido en mi fiel compañero al final de cada jornada. Estas tierras, castigadas por el sol inclemente, son el escenario donde cierto Ingenioso Hidalgo ha comprometido su honor en la defensa de los débiles y en la virtud de Dulcinea mientras que su fiel Sancho, paciente y leal, sueña con su Barataria.


Hoy, con las últimas luces del crepúsculo, mientras contemplaba cómo el sol se ponía, me ha parecido vislumbrar en la lejanía la alta figura sobre el desmadejado rocín seguido por su orondo escudero, buscando sin duda empresas dignas de su valor.

domingo, 12 de febrero de 2012

LIBRO II - Capítulo 40



Veintiuno de Julio del Año de Nuestro Señor de 1809. A las afueras de Oropesa

Aunque mi cuerpo se resiente de la marcha forzada que hemos mantenido los últimos días, y que me han mantenido apartado de estas queridas páginas, debo reservar mis últimas energías de la jornada para consignar las novedades que ésta nos ha deparado.

En primer lugar mencionar una importante alteración en la Tercera División: el III/27, de la brigada McKenzie, ha sido sustituido por el II/24.

Es un honor, en cualquier caso, pertenecer a la misma división en la que forman los rudos galeses del 24, apodados “Los chicos de la Esfinge” por la insignia que lucen y que conmemora su brillante actuación en Egipto.  Esta nueva, empero, nos ensombrece a muchos el ánimo pues nuestros “primos” del 27, los  bravos Inniskilling, han sido relegados a Lisboa como guarnición.

Siempre veló mis ánimos la amenaza de no llegar a entrar en combate. Mis temores se vieron reforzados por la animosidad que el general Wellesley parece manifestar por los hombres de Erin. Creo que nunca olvidaré la triste estampa de un joven teniente de la compañía ligera del III/27: cabalgaba con la mirada perdida, fija en el infinito, mientras las lágrimas surcaban su rostro y se mordía los labios para reprimir el estallido del llanto.

No he llegado a saber su nombre, realmente no he querido saberlo, pues tal vez podría haberse llamado Ian Talling y ser el II/87, y no el III/27, el batallón que haría el camino de vuelta a Lisboa.


A ese hombre le han hurtado la Gloria aunque, y eso es innegable, le han permitido vivir más tiempo. A mí, sin embargo, me corresponde aquella o, mejor dicho, la opción de alcanzarla. No todo el que entre en combate la logrará y, aún en el caso de obtenerla, solo Dios sabe cuántos estarán vivos para saborearla.

Todo esto me hace reflexionar en lo disparatado del asunto. Ese teniente, desgarrado por no poder ir a la guerra, y yo feliz ante la posibilidad de morir. Este episodio me ha hecho pensar en el teniente Laherty, mi compañero en la Compañía Ligera. Creo que hubiera dado cualquier cosa por cambiarse con aquél desconsolado oficial y, de no mediar su honor y sus deberes para con su padre, lo hubiera hecho. Nunca he intimado demasiado con él y la única vez que he intentado ganar su confianza solamente obtuve la manifestación de su certeza ante su inminente muerte y un fajo de cartas, de cuya entrega personal he empeñado mi palabra, para su padre y su prometida.

Qué injusto puede llegar a ser el Destino que preserva la existencia de quienes están dispuestos a sacrificarla y arroja a los campos de Marte a los que rinden culto a la vida.

Pero, como consigné previamente, esta jornada ha deparado otro suceso digno de ser recordado. Hoy el Ejército Expedicionario Británico, agotado pero decidido y presto a la lucha, ha tomado contacto con sus aliados. Aquí mismo, en Oropesa, el ejército español, a las órdenes del general Cuesta, se halla acantonado. Solo es cuestión de días que marchemos juntos en busca del enemigo.