
Dos de Agosto de 1809 (Anno Domini).Talavera
…y a la sorpresa siguió la
confusión, y de esta resultó un caos
indescriptible.
No sería honesto si no
reconociera aquí que tuve miedo. Miedo y también una atroz sensación de
desamparo pues veía hombres corriendo y, también, cayendo bajo el fuego de un
enemigo semioculto entre la espesura pero que, se acercaba tal y como delataban
sus tambores.
Me sentí aturdido y
confuso, debo confesarlo, y completamente paralizado por el miedo. Ni siquiera
fui consciente de que había mojado el calzón aunque eso no me hubiera
preocupado lo más mínimo en aquellos momentos. Nunca sabré cuanto tiempo estuve
parado, a tiro del enemigo que se acercaba. Solamente recuerdo, y esto no lo
olvidaré mientras viva, cómo una recia mano me agarró del brazo izquierdo y tiró
de mí al tiempo que oía:
-¡A correr, teniente!
Era el sargento Redding.
Su irrupción me hizo reaccionar y caer en la cuenta de que, al fin, me
encontraba en medio de una batalla. Le seguí, pues, en la seguridad de que de
ello dependería vivir para combatir un día más.
No sabría decir cuanta
distancia cubrimos esquivando raíces y golpeándonos con las ramas y con los
disparos resonando a nuestras espaldas. De repente, Redding detuvo su carrera y
lanzó un potente grito:
-¡A mí, hombres del 87!
Pude ver cómo soldados de
casaca roja huían en desbandada a nuestro alrededor pero, como por ensalmo,
varios hombres empezaron a formar una línea. Pude distinguir al cabo Watters y
a los soldados Abermathy, Riley, Bombay
Jim, Bohane y Loughlin mas algunos otros a los que no identifiqué al principio.
Los hombres que las portaban cargaron sus armas, pues la sorpresa había sido
tal que muchos habían echado a correr sin sus mosquetes. Aún en aquellas
circunstancias logré atinar a preguntarme por qué los piquetes de avanzada no
habían dado la alarma.
Los árboles,
extraordinariamente densos, nos dificultaban la visión pero el anuncio de que
el enemigo se nos echaba encima nos llegó de un modo que jamás podré olvidar:

No llegué a gritar mi
primera orden de fuego pues mis hombres, acaso acostumbrados a su oficio o,
recelosos de mi bisoñez, empezaron a administrar fuego no en descarga cerrada
sino seleccionando blancos, tal y como atestiguaba la cadencia de los disparos.
Durante un instante
pareció que todo hubiese quedado en silencio, al menos es la impresión que se
me quedó grabada en la memoria, pero ese instante desapareció en forma de una
lluvia de proyectiles que nos cayó no sabría decir desde donde.
El sargento Redding se
situó a mi lado y empezó a susurrarme las órdenes que debía impartir, las órdenes
que no supe dar por mí mismo y que me limitaba a repetir a voz en grito:
-¡Mantengan la línea!
-¡Fuego graneado!
Y las bajas ya se hacían
notar entre mi exigua tropa: el cabo Watters,
el soldado Bohane, Quinlan, Ellwood, Abermathy… Los heridos cedían sus
armas a aquellos que no las tenían y los
gemidos de dolor se unían a las maldiciones de unos y a los rezos de otros,
empeñados todos en cargar y disparar. También caí en la cuenta de que no estaba
haciendo nada salvo repetir lo que Redding me decía.
Tomé el mosquete de uno de
los caídos así como sus cargas y pólvora y, tal y como lo había hecho en la Thebes, cargué y disparé como uno más de
mis hombres. Entre el estruendo podían oírse ya las voces de los franceses.
Fui habituándome por
momentos a la batahola que me rodeaba. Ahora ya podía distinguir más adelante
al enemigo, casacas azules y chacó con pompón de color verde, es decir primera
compañía de chasseurs o de fusiliers
según se tratase de un regimiento ligero o uno de línea. Asimismo, encontré la fuerza de ánimo
suficiente como para impartir mis propias órdenes de las que la primera,
recuerdo, fue:
-¡Cubran el flanco izquierdo!
Los dos hombres que
estaban en el extremo de aquél habían caído a la vez y, solamente gracias al
grito del soldado Riley, pude advertirlo. Casi de inmediato tres hombres, de
las compañías de línea pues ninguno lucía nuestros distintivos, se precipitaron
a ocupar su puesto allí.
Más adelante, lejos hacia
nuestras primitivas posiciones, se oía el estruendo de un furioso intercambio
de disparos, que interpreté como que la brigada seguía resistiendo. Esa
circunstancia me insufló nuevos ánimos y aún me reconfortó más el hecho de que
desde el extremo derecho de nuestra precaria línea una descarga se abatiera
contra nuestro frente. Para mi sorpresa, casacas rojas surgieron de la espesura
y, tras formar en nuestro flanco derecho, continuó administrando fuego…
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