Veintiséis de Octubre de
1809 (Anno Domini).A bordo del Portobelho
Mi primera reacción fue
llevarme de allí a Messervy pero un seco golpe sobre el maderamen, al que
siguieron varios más en rápida sucesión, me obligaron a desatender al capitán
pues varios garfios de abordaje se hallaban anclados a la borda.
Grité con todas mis
fuerzas al tiempo que una silueta, recortada sobre el rojo producido por las
bengalas, apareció súbitamente sobre la regala. No tuve tiempo de aprestar mis
armas y el tipo se lanzó sobre mí con un enorme cuchillo en una mano.
No me avergüenza confesar
que Messervy, aún herido, perdió la importancia que le concedía pues el
instinto de sobrevivir pesó más que ninguna otra cosa. Esquivé el golpe como
pude y me incorporé para ver cómo más hombres saltaban a la cubierta.

Casi pude sentir el calor
producido por el aliento de los desgraciados que estaban engrilletados en la
cubierta inferior y creí que mi fin había llegado cuando advertí, espantado,
que la hoja del sable se había
deslizado, encallándose, por una de las aberturas. Con la energía que produce
el miedo, mi diestra se lanzó entonces a una de las pistolas que llevaba
embutida en la faja. Puse el cañón en la panza de aquél hombre y disparé; cayó
hacia atrás gritando con las manos sujetándose las tripas. No me pasó
desapercibido, pues era una condición fundamental en aquella situación, que
llevara un trozo de lienzo blanco anudado al brazo izquierdo. Era la señal que
portaban nuestros atacantes para reconocerse y evitar que se mataran entre sí.
A esas alturas la cubierta se había convertido
en un aquelarre de espadazos, disparos, sangre y gritos. La campana del barco
no cesaba de atronar y los gritos de los esclavos ahogaban el estruendo de la
lucha. Busqué a Figgis mientras tomaba la otra pistola y el enorme cuchillo con
que habían estado a punto de matarme. Pude verle a proa, batiéndose junto a
Brown y Días, y me lancé hacia donde estaban.
Busqué lienzos blancos y
ataqué con saña. Lancé un tremendo tajo contra la nuca de uno que manejaba un
chuzo. Gritó de dolor y se volvió solamente para que hundiera el cuchillo en
sus costillas mas el arma, trabada entre los huesos, fue imposible de recuperar
y quedó allí mientras el hombre caía de rodillas.
Figgis, que repartía
mandobles con un sable y golpes con una cabilla, me vio y se abrió paso hacia
donde me encontraba seguido de Brown y de Días que, igualmente, se defendían
con sables. En medio de la matanza acertó a decirme que había que aprestar los
cañones y conseguir que regresaran los hombres que aún luchaban en la factoría,
entre los que debía contarse Partridge y algunos más de los nuestros. Envió a
Días al pantalán y, seguidamente, él y Brown, se lanzaron tras de mí para
apoyar a Barlow.

La luz de las bengalas se iba extinguiendo y
pronto no hubo más que la procedente de los fuegos de la factoría y de la
enorme Luna llena que refulgía en un cielo ahora libre de nubes. A medida que
hombres del Portobelho regresaban
corriendo por el embarcadero y se unían a la lucha en el barco, la ventaja
inicial de los atacantes fue disminuyendo. Incluso el capitán Fernándes había
organizado una resistencia eficaz en popa de forma que ahora era preciso evitar
que siguieran abordándonos.
En compañía de Figgis,
Barlow y el marinero que se batía a su lado, un negro enorme que se hacía
llamar Velasco, corrimos hacia uno de los cañones giratorios más próximos
sorteando los cuerpos, unos exangües y otros que se debatían, que tapizaban la cubierta,
y resbalando con la sangre que la cubría. En el ínterin me había hecho con un
sable y con una pistola corta de la Marina, que tomé de uno de los muertos, y
me dispuse a regresar a la lucha…
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