Diecinueve de Octubre de
1809 (Anno Domini). Fondeados cerca
de Ziguinchor
Si un adivino me hubiese
dicho que mi destino después de combatir en Talavera y sortear a bandidos,
piratas y jornadas a la deriva en el mar iba a ser instruir en el manejo del
mosquete a salvajes cazadores de esclavos muy posiblemente hubiera recomendado
que el visionario fuese recluido en Bedlam[1].
Pero la realidad es tan
cierta como increíble. Este que acaba ha sido el segundo día que he pasado, en
compañía del capitán Messervy y bajo la supervisión de Barlow, cargando y
disparando un arma ante la silenciosa y atenta mirada de un grupo de feroces
diablos tocados con turbantes azules que parece hubieran surgido de las
entrañas del Infierno.
No he hecho más que
ejecutar todos los movimientos mientras gritaba las órdenes en voz alta. Un fulani de Gambia llamado Thomas, un
antiguo esclavo comprado en Jamaica, liberado por simpatizantes de la Secta de
Clapham[2]
y devuelto a África para, por increíble que parezca, abandonar la parcela de
tierra que le habían asignado en Sierra Leona para irse al norte a trabajar
para los cazadores de esclavos, hace las veces de interprete.
Cada vez que traduce las
órdenes un coro de voces guturales las repite entre gruñidos. Forman un
conjunto temible, aferrados a sus viejos mosquetes franceses Saint Etienne de 1728 (tal y como reza
la inscripción junto a la cazoleta de los que he examinado), y observando con
los ojos muy abiertos el Brown Bess
que manejo.
Esta mañana Fernándes se
marchó al interior con Legrand, Pouzada, Partridge y una veintena de marineros
armados acompañando a Sembène y algunos de sus hombres. Al parecer iban a
examinar las últimas capturas del jefezuelo y a cerrar el trato que habrá de
llenar las entrañas del Portobelho de
una legión de infelices a los que aguarda una vida, si es que se le puede
llamar así, de miseria y desventura.
Sé que lo que estoy
haciendo es inmoral pues estoy contribuyendo a que ese ser despreciable que es
Mahamadou Sembène se haga más fuerte de modo que pueda capturar más y más gente
que engrose la bolsa de los negreros.
Pero, de no hacerlo, es más que seguro que ya estaría muerto de forma que nunca
tendría la más mínima oportunidad de volver a casa, a mi regimiento y a mi
lugar que es luchando contra los franceses en vez de hacer de maestro de un
hatajo de salvajes.
Messervy, que como ya cité
no sabe nada del manejo del mosquete, se limita a supervisar los ejercicios de
instrucción pues, al parecer, Sembène quiere que su horda tenga la apariencia
de un ejército europeo. Es la primera vez que le veo sin su portadocumentos,
que ha dejado en la cabina aunque los despachos los ha ocultado en una
hendidura de la tablazón. Solamente sujeta siempre en una mano el estuche de
madera de sus lentes, supongo que temeroso de perderlos.
Y, desde luego, a fe que
los negros marchan y ejecutan los movimientos con una presteza que en nada
habría de envidiar a los veteranos del II/87.
Todo cuanto veo desmiente
a quienes juzgan a los africanos como animales: El antiguo esclavo, Thomas, que
habla perfectamente nuestra lengua y la de los wolof pese a no pertenecer a ese pueblo; los guerreros de Sembène,
marchando tan disciplinadamente como lo haría cualquier soldado blanco; el
propio Sembène, intercambiando esclavos por armas modernas…
Por cierto que, acuciado
por la curiosidad, no he podido evitar cuestionar a Thomas por su actitud
habida cuenta de que ha conocido las miserias de la esclavitud. Confieso que no
esperaba su respuesta, por otra parte cargada de cinismo y de sentido común:
-Es mejor estar a este lado de la cadena. No quiero volver a ser esclavo…