domingo, 16 de octubre de 2011

TALLING DE LA INDIA


Hijo de soldado y decidido a seguir los pasos de su padre, Angus Talling descartó el servicio en los regimientos del Rey por la más atrayente perspectiva de servir a la Honorable Compañía de las Indias Orientales.

Nacido en 1777, desde niño sintió la llamada de la India a causa de los relatos sobre las hazañas del general Robert Clive, que le impresionaron profundamente. A los quince años ingresó en la Milicia de Tipperary como soldado raso a las órdenes de su padre, pues éste insistió en que debía hacerse digno de sus galones, aunque fuera en la Milicia. En 1798, después de servir como ayudante de su padre durante la rebelión, y merced a la influencia de su abuelo, entró como subalterno al servicio del teniente coronel Thomas Bridges, adscrito al Ejército de la Presidencia de Madrás.


Con apenas veintidós años, el joven Angus llegó a la India a tiempo de participar en la campaña de Seringapatam (Mayo de 1799) como segundo teniente en el Primer Regimiento de Infantería Nativa de Madrás.

Los tres años siguientes, de relativa calma, los dedicó al aprendizaje de lenguas nativas y a familiarizarse con los usos y la cultura orientales. Como resultado, en 1803 ya hablaba hindi y marathi y progresaba con el  urdu. Ese mismo año pasó a formar parte del rol del 12 Regimiento de Infantería Nativa de Madrás, concretamente la primera compañía de granaderos del segundo batallón. 

En este puesto participaría en la campaña de Assaye, en la Segunda Guerra Mahratta (1803-1805). Su comportamiento durante el asalto a las baterías, mandadas directamente por el mercenario hannoveriano coronel Anthony Pohlmann, antiguo oficial de la Compañía, le valió el elogio del mismísimo general Arthur Wellesley.


En 1805, finalizada la guerra, Angus volvió a concentrarse en sus estudios de lenguas y cultura autóctonas. Se ha convertido en un oficial muy apreciado por sus superiores, que le encomiendan misiones delicadas habida cuenta de sus conocimientos de las lenguas y usos locales lo que, asimismo, le ha concedido la confianza de los soldados nativos a sus órdenes, muy receptivos a los oficiales europeos capaces de hablar su idioma y respetuosos de sus costumbres.

Tres años después ascendió a capitán de la primera compañía de granaderos del II/12.  

domingo, 9 de octubre de 2011

LIBRO II-Capítulo 31

Diario de Guerra del teniente Ian Talling (Entrada XXXI)
Veintisiete de Junio del Año de Nuestro Señor de 1809. Abrantes
[Lo que sigue a continuación es una copia fiel del original]

Al Capitán Angus Talling. Hon. Compañía de las Indias Orientales
12 Regimiento de Infantería Nativa,
1ª Compañía de Granaderos, Primer  Batallón

Tanjore, Presidencia de Madrás

Querido hermano:

Deseo que te encuentres bien cuando recibas estas líneas. Te escribo en vísperas de la partida de nuestro ejército hacia España.

Como es evidente que no sabes nada de cuanto ha ocurrido últimamente te informaré someramente de mi situación.

El pasado Abril, justo el día de mi cumpleaños, nuestro padre me obsequió con un nombramiento de segundo teniente en el 87 Regimiento Irlandés de Infantería. Después de una atroz travesía hasta Lisboa, nada en comparación sin embargo a la que hubiste de realizar tú hasta la India, pude ocupar mi plaza en el Segundo Batallón, concretamente en la Compañía Ligera.

Imagino tu sorpresa pero no es mayor que la que recibí yo cuando me lo comunicó el jefe del batallón. Sospecho que algo habrán tenido que ver las amistades que posee nuestro padre en la Guardia Montada y en el Parlamento pero eso no me hace menos feliz, al contrario, me obliga a cumplir con mi deber con mayor presteza pues el honor de los Talling está en juego.

Y, puesto que hablo de sorpresas, te diré que nunca imaginarías a quien tengo bajo mis órdenes. ¿Recuerdas a Shillelagh O’Meara? ¿Recuerdas que la aya Agnes siempre decía que vendría a llevársenos por portarnos mal y que nos daría una buena tunda con su porra? Pues bien, el soldado Cathan O’Meara es uno de los miembros de la Compañía Ligera. Sigue llevando el shillelagh aunque aún no le he visto emplearlo. Te confieso que cuando examiné el rol de la compañía sentí un punto de temor, que se acrecentó cuando pude verle en persona. Posee una apariencia en verdad terrible y me pregunto si se imagina que la amenaza de su cachiporra nos causaba más temor que una muerte sin Absolución.

En el momento de salir de Irlanda nuestros padres se encontraban bien: Nuestro padre añorando la vida en campaña y nuestra madre, bueno, pensando a todas horas en ti y en Patrick y contando ahora con una nueva preocupación por mi causa. Cuando me marché me dijo que lo único que deseaba en este Mundo era vernos de nuevo a todos en Talling Manor. Es difícil comprometerse a algo así cuando los tres hemos hecho de la guerra nuestro oficio pero le prometí que haría cuanto pudiera, al igual que tú y Patrick, para complacerla.

Con respecto a Patrick, las últimas noticias que de él recibimos nos decían que se encontraba en Jamaica por necesidad de reparación del barco donde sirve. Puedes imaginar cómo estará: igual que un tigre enjaulado y contando los minutos que faltan para que su barco se haga de nuevo a la mar.

Añoro cuando jugábamos a soldados y recuerdo vivamente la mirada de desaprobación de nuestra madre tanto como las palabras de nuestro padre: “La Guerra no tiene nada de Gloria, solamente es un enorme montón de excrementos”.

No consiguió que siguiéramos otros pasos que no fueran los suyos y ahí estamos: tú, sirviendo a John Company[1] en el otro extremo del Mundo; Patrick surcando un océano tras otro y yo a punto de embarcarme en una campaña, mi primera.

No sé si estás enterado que el general que manda nuestras tropas aquí es Sir Arthur Wellesley, a quien conoces bien. He narrado innumerable cantidad de veces la descripción que nos enviaste de tu participación en la batalla de Assaye, así como el valor del general al dirigir el asalto a los cañones marathas. A la vista de su coraje, y del hecho de las bajas en Assaye fuesen tan elevadas, no hay duda de que es el hombre idóneo para hacer la guerra a Bonaparte.

Aunque aún no he entrado en combate, de modo formal, debo decirte que ya he experimentado la atroz sensación de matar a un hombre. No puedo darte explicaciones sobre cómo ha ocurrido pero tuve siempre presente la máxima de nuestro padre: “Mejor matar que morir”. Solamente puedo decir que la apliqué.

Has de saber que me afano en seguir tus pasos en lo tocante a las lenguas y estoy aprendiendo español de un ayudante de cirujano del batallón, el teniente Tarín, que lo es además de uno de mis mejores amigos. Quizá esta lengua te parezca una menudencia comparada con el hindi o el marathi pero créeme si te digo que también encierra dificultad, aunque Tarín dice que he hecho grandes progresos en poco tiempo.

Creo que nada más me queda por relatarte. Deseo que tu carrera continúe proporcionándote los honores que mereces. Ruego a Dios por ti y por Patrick cada día y cada noche pues, aunque hemos sido egoístas a la hora de seguir nuestro camino, creo que debemos honrar a nuestra madre volviendo a casa algún día.

Tuyo afectuoso.

Ian Talling
Segundo Teniente
Compañía Ligera. Segundo Batallón/87 Regimiento Irlandés de Infantería

Posdata.
Si para cuando recibas esta carta ya no estoy en este Mundo recuerda que nunca hubo hombre alguno más orgulloso de pertenecer a una familia como lo estoy yo de pertenecer a los Talling.

                                               ©Fernando J. Suárez



[1] Apodo popular con que se conoce a la Honorable Compañía de las Indias Orientales

domingo, 25 de septiembre de 2011

LIBRO II-Capítulo 30

Diario de Guerra del teniente Ian Talling (Entrada XXX)
Veintisiete de Junio del Año de Nuestro Señor de 1809. Abrantes

Este es nuestro último día aquí. Las órdenes ya han sido distribuidas de modo que mañana, a las 05:00 horas, nos pondremos en marcha hacia la frontera española.

Hace rato que se ha puesto el sol y se pueden oír la sonora batahola compuesta por las canciones que entonan los hombres en torno a los fuegos que se encienden prácticamente delante de cada tienda.

Esa mezcolanza de canciones es digna, empero, de ser recogida pues pueden distinguirse melodías muy dispares, tanto como el estado de ánimo de quienes cantan o, simplemente, escuchan.

Un numeroso grupo que baila al son del animado Lanigan’s Ball se alza en ruidoso contrapunto de la melancólica Bridget O’Malley, que parece sonar desde las tiendas de la cuarta compañía. Incluso se han podido escuchar baladas rebeldes, prohibidas lógicamente, como Ballyshannon Lane o The Liberty Tree desde la zona donde acampa la compañía ligera. 

El hecho de que no haya aparecido nadie del Cuerpo Preboste indica que los jefes no quieren arriesgarse a padecer un motín, o una deserción masiva, por unas canciones de borracho que habrían de ser castigadas con una buena tanda de latigazos en presencia de todo el batallón.

Pero no todo el mundo canta. Confieso que no he intimado demasiado con el teniente Laherty pues, exceptuando los periodos de instrucción, se abstrae en sus lecturas y se aísla del resto del mundo. Dada la inminencia de nuestra partida me propuse compartir unos momentos de conversación, siquiera para poder conocerle algo más personalmente.  Se encontraba en su alojamiento ocupado en escribir lo que parecían ser cartas de despedida a su padre y a una dama de Dungiven a la que pretende. Al cuestionarle sobre la razón del abultado epistolario me miró con fijeza y me respondió con una indiferente frialdad que, confieso, me afectó sobremanera que estaba convencido de que iba a morir y por eso quería dejar en orden todos sus asuntos. Mis intentos de hacerle ver que, aunque la Muerte es la eterna compañera del soldado, sus temores carecían de fundamento fueron infructuosos aunque agradeció mi interés y me pidió que me hiciera cargo de sus cartas. Aunque traté de hacerle ver que mis posibilidades de morir eran equivalentes a las suyas, y tras rechazar mi sugerencia de que el padre Fennessy se hiciera cargo de ellas (el teniente Laherty es miembro de la Iglesia de Irlanda) me dijo que tenía la certeza de que yo saldría con vida. No sabría explicarlo pero estaba convencido de que así sería, de forma que hube de darle mi palabra de que yo, personalmente, entregaría su correo.


Es extraño cómo la perspectiva de la batalla afecta el ánimo de los hombres. Algunos cantan, arriesgándose a que les monden a latigazos, y otros escriben cartas de adiós dando por seguro que su paso por este Mundo se ha completado.

Sin embargo no hay tanta diferencia entre el teniente Laherty y yo mismo en el sentido de que yo también escribo, no lúgubres despedidas es cierto, pero sí sobre cuanto me rodea, sobre lo que descubro y sobre la vida que he elegido.

La certeza de Laherty sobre su destino me ha reportado una cierta inquietud. No me planteo la posibilidad de morir, es decir, no dejo que me preocupe en el sentido de que estamos en manos de Dios. Mi padre suele decir que debemos ocuparnos de nuestro trabajo y Dios hará el resto, o lo que es lo mismo:

Vete a la Guerra, soldado cristiano
Nada tienes que temer
Pues a las legiones del Demonio
Con la Cruz habrás de vencer

domingo, 18 de septiembre de 2011

JORGE III



Durante su reinado la Gran Bretaña conquistó el Canadá, eliminó a sus competidores en la India, sufrió el quebranto de perder las Trece Colonias de Norteamérica y, aunque ya había abdicado, en el momento de su muerte (1820) su país era la mayor potencia comercial, financiera, industrial y naval del Mundo.

Nacido en 1738, accedió al trono en 1760 tras la muerte de su abuelo Jorge II. Fue el primero de la dinastía Hannover en nacer en Gran Bretaña.

Hombre de gustos sencillos, lo que le hizo popular entre las clases bajas, los primeros años de su reinado estuvieron marcados por la crisis económica derivada de la Guerra (victoriosa no obstante) de los Siete Años (1756-1763). Esta crisis condujo a un aumento de impuestos en colonias lo que, a la larga, provocaría la rebelión de buena parte de la población de las colonias de Norteamérica.

Aquejado de una extraña dolencia que afectó sus facultades mentales durante varios periodos (1765; 1788; 1801 y 1810) sus relaciones con quienes detentaron el cargo de Primer Ministro (Pitt, el Viejo; Bute; Grenville; Fitzroy; Pitt, el Joven…) estuvieron marcadas tanto por aquella como por su tendencia a la autocracia (muy criticada por quienes le acusaban de estar “contaminado” por el absolutismo del continente europeo).

La Independencia de los Estados Unido constituyó un terrible golpe para Jorge III, ello no impidió que la Paz subsiguiente firmada con aquellos y sus aliadas Francia Y España no fuera excesivamente desfavorable para Gran Bretaña. Recuperó buena parte de su popularidad durante las guerras revolucionarias y napoleónicas, considerándole el imaginario popular un símbolo de la resistencia británica contra Napoleón.

Su dolencia le mantuvo semiapartado de sus funciones de nuevo en 1801, aunque para 1811 se hallaba en un estado de demencia casi total. Recluido en el castillo de Windsor, su hijo mayor ejerció como regente desde ese año hasta la muerte del rey que perdiera las colonias de Norteamérica, en Enero de 1820. 

miércoles, 14 de septiembre de 2011

LIBRO II-Capítulo 29

Diario de Guerra del teniente Ian Talling (Entrada XXIX)
Veinticinco de Junio del Año de Nuestro Señor de 1809. Abrantes

Esta mañana el reverendo Fennessy ha oficiado la Misa dominical de un modo especialmente solemne  ante la inminencia de la partida. Ha hablado de nuestro deber para con el Rey (él siempre añade “extranjero”) y para con la Iglesia Única y Verdadera pues los franceses, que han asesinado sacerdotes y quemado templos allá en su patria, han venido a la Península a hacer lo mismo.

Siempre instala sobre el armón que emplea como altar una cruz de madera, pintada de color verde y donde campean arpas y tréboles. Una auténtica cruz irlandesa, sin duda, que despierta no pocas suspicacias pero, como decimos quienes la reverenciamos, si vestimos la casaca roja y luchamos por el Rey de Inglaterra, tenemos derecho a orar ante nuestra propia cruz.

Es un verdadero espectáculo oír los sermones de nuestro capellán pues éstos los articula en inglés aunque intercala pasajes enteros en gaélico y aún en latín sin inmutarse. Nos insta a todos, sus “soldados cristianos”, a expulsar de la Península a los hijos del Diablo y a su ministro en la Tierra (los franceses y Napoleón) y liberar al Santo Padre del cautiverio a que está sometido.

Es casi el único momento de la jornada en el que soldados y oficiales oran, se arrodillan y toman la Comunión sin diferencias de rango (la mayoría de capellanes es en exceso ordenancista y sigue rigurosamente el escalafón, no así el borrachín Fennessy). Dado que soy uno de los pocos oficiales declaradamente católico (hay muchos que profesan la Fe Verdadera pero lo ocultan porque no está bien visto que un oficial al servicio del Rey de Inglaterra sea un seguidor del Papa de Roma, y menos aún si se es irlandés) parece que gozo de cierta estima entre la tropa, a su vez mayoritariamente católica.

Esta circunstancia me estimula sobremanera aunque no debo dejarme influir por emociones y favoritismos de modo que mis obligaciones no queden empañadas por un sentido de la lealtad mal comprendida.
Por lo demás, y excluyendo las guardias, el domingo es el día más tranquilo de la semana. No hay instrucción y los hombres pueden disponer de su tiempo como mejor les place. Muchos aprovechan para escribir al hogar con lo que los que se alquilan como escribanos, pues buena parte de la tropa es analfabeta, obtienen algún ingreso extra.



Otros se dedican a las mujeres portuguesas, inclusive alguna española, que venden sus favores las más de las veces por algo de comida y que pululan por el campamento como moscas en torno a la miel. Debo hacer un inciso en este punto pues no todas estas mujeres son rameras. Muy al contrario,  no pocos de nuestros hombres han contraído matrimonio con paisanas nativas pues, si bien no pocas han hecho del libertinaje una forma de vivir, no es menos cierto que otras son viudas de guerra (muchas con hijos a su cargo), mujeres de reputación intachable que han acabado en el arroyo y que buscan una seguridad para el porvenir.
No puedo evitar pensar lo injustos que resultan los comentarios que oigo sobre estas mujeres, sobre todo porque si la guerra se estuviese librando allá en Gran Bretaña muchas esposas, madres y prometidas actuarían exactamente igual que las desventuradas objeto de tantas calumnias y tergiversaciones. Creo que podemos dar gracias a Dios de que la guerra esté aquí, tan lejos de nuestros hogares. Nosotros, a fin de cuentas, somos soldados y luchamos porque es nuestro oficio pero creo que no hay hombre en este ejército que no se sintiera dominado por la angustia si hubiera de soportar los rigores de una campaña sabiendo que sus seres queridos están expuestos tanto a las depredaciones del enemigo como  de los excesos de quienes se dicen aliados pero que, sin ningún escrúpulo moral, se aprovechan de la desgracia ajena.

No es buena cosa dejarse dominar por la melancolía ni por pensamientos sombríos en vísperas de una campaña por lo que consignaré que no puedo menos que congratularme por mis progresos con el idioma español. A decir del teniente Tarín he alcanzado un grado considerable y ya podemos sostener conversaciones con cierto nivel de complejidad, tanto que me ha prestado un libro, escrito en antiguo castellano (que es la lengua que se habla en España) pues no duda de que esté en condiciones de leerlo.

Ya había oído hablar del título, incluso había leído (en inglés) alguna obra menor de su autor pero confieso que se antoja un reto leer en lengua vernácula la que, según dice el teniente Tarín, es la más grande historia que autor alguno haya compuesto jamás.

Sus primeras líneas constituyen, desde luego, una invitación nada desdeñable:
En un lugar de La Mancha
De cuyo nombre no quiero acordarme…

                                                       © Fernando J. Suárez  

miércoles, 3 de agosto de 2011

ROWLAND HILL


Fue un caso atípico entre sus compañeros generales pues el apodo con que le motejó la tropa, “Daddy” (Papaíto), habla por sí solo de su popularidad.


Nacido en 1772 obtuvo su primer nombramiento como alférez en el 38 de infantería a los dieciocho años. 
Muy joven aún, pasó dos años en una escuela militar en Estrasburgo.

Sirvió como Ayudante De Campo en el Sitio de Tolón (1793) donde, gracias al patrocinio del general Thomas Graham, fue ascendido a mayor en un regimiento recién formado, el 90 de infantería. En 1794 alcanzaría el grado de teniente coronel.

Después de una brillante campaña en Egipto (1801), y de servir durante la expedición a Hannover (1805) como comandante de brigada, inició su carrera de armas en la Península con las victorias de Rolica y Vimiero y con la épica retirada de La Coruña.

Vuelto a Portugal en 1809, Hill participó en las operaciones sobre Oporto. En Julio de aquél mismo de año, y al mando accidental de la Segunda División, sostuvo con éxito sus posiciones en el Cerro de Medellín durante la campaña de Talavera, resultando herido en la misma.

Entre 1810 y 1813 alternó diversas responsabilidades en Portugal y España, gozando siempre de la confianza del Duque de Wellington que no dudó en situarle en posiciones delicadas en los asedios de Ciudad Rodrigo y Badajoz. Hombre caritativo, nunca escamoteó su ayuda a quien le necesitara, independientemente de su nacionalidad o condición.

 Su popularidad entre los soldados aumentó con la historia (apócrifa o no) que relataba cómo, durante el vadeo de un río en Portugal, y al observar que un soldado cargaba a cuestas con oficial que trataba de evitar mojarse los pies, se interpuso entre el hombre y su carga y le ordenó deshacerse de la misma arrojándola al agua.

Participó asimismo en la Campaña de Vitoria (1813) y en la invasión de Francia. Rechazó el mando de una expedición a Norteamérica en 1814, lo que le permitió distinguirse el año siguiente en Waterloo.

Después de la guerra y a petición del Duque de Wellington, ya Primer Ministro, se convirtió en Comandante en Jefe del Ejército Británico, puesto que desempeñaría durante catorce años (1828-1842).

Nombrado Vizconde Hill en 1842 por la Reina Victoria, falleció a finales de ese año. 

lunes, 1 de agosto de 2011

LIBRO II-Capítulo 28

Diario de Guerra del teniente Ian Talling (Entrada XXVIII)

Veinticuatro de Junio del Año de Nuestro Señor de 1809. Abrantes

No parece que haya vuelta atrás en la decisión del general Wellesley de buscar la batalla en España. Todo parece indicar que en breve nos pondremos en marcha de forma que poco tiempo habrá ya para instrucción y teorías.

Esta mañana nos ha sorprendido el hecho de que se hiciera oficial algo de lo que se venía hablando los últimos días: el general Tilson, hasta ahora al mando de la brigada a la que pertenece el II/87 ha sido transferido a la Segunda División, al mando del Hon. Mayor General Sir Rowland Hill. Su puesto ha sido ocupado por el Brigadier General Rufane Shaw Donkin, un veterano de las Indias Occidentales que se distinguió asimismo en el asalto de Cathcart a Copenhague hace dos años.

Casi no hemos llegado a conocer al jefe de nuestra brigada cuando es reemplazado. Me resulta difícil de asimilar pero, a decir de los veteranos, es cosa corriente en tiempo de guerra. Al menos es de agradecer que el cambio se haya producido antes de iniciada la campaña pues cuando uno se habitúa a un jefe el mudar uno por otro resulta más complicado. De todas formas, nunca sabremos cómo nos hubiera dirigido Tilson en el combate y con respecto a Donkin, nada de su historial parece indicar que sea de los que rehúyen la lucha.

Si los oficiales conjeturamos sobre el carácter de nuestro jefe inmediato la tropa, por su parte, no se preocupa en demasía sobre este particular. De hecho, el ripio que tantas veces he oído de labios de mi padre se oye igualmente de la boca de los soldados de hoy en día, y ejemplifica tanto la resignación como el fatalismo del hombre que luce la casaca roja:

Qué importa quien nos mande
Pues ese, al carnicero,
De nuestro pellejo
Pagará su parte.

La inminencia de la marcha me ha obligado, por otra parte, a adoptar medidas tales como agenciarme una montura y preparar mi equipaje para la campaña.


En lo tocante al jamelgo he adquirido un espléndido ejemplar alto y negro, llamado Arrow, de un capitán del 20 de Dragones Ligeros que regresa a Gran Bretaña. No tengo mal ojo para los caballos por lo que las ciento ochenta guineas que he pagado no me parece un mal precio, sobre todo si se tiene en cuenta que incluye silla y arreos. Sobre el equipaje no tengo más remedio que remitirme a los sabios consejos de mi padre, consejos que veo refutados en los preparativos de los oficiales veteranos.

No es extraño contemplar a jefes y oficiales que cargan (o hacen cargar) con un bagaje excesivo. No faltan uniformes de gala (varios en muchos casos) y un buen montón de cachivaches que de poco o de nada sirven en el campo de batalla. Tanta impedimenta, empero, solo sirve para atormentar a los sobrecargados conductores del tren de bagajes y para despertar la codicia de quienes no están habituados a ver pasar ante sus ojos artículos de muy buena factura y, por su coste, prohibitivos.

En cuanto a la compañía debo consignar que hemos recuperado varios hombres que se encontraban hospitalizados y, asimismo, se han incorporado tres reemplazos que cubrirán los huecos dejados por Gerald Mulcahy, Tyrone Gaffey y Adam O’Malley.

De esta manera, se reincorporan al servicio los soldados Ethan Hanrahan, Lawrence Patrick Aherne, John Joseph Abermathy, David Clougherty y Michael Francis Daly.

Por su parte, las nuevas incorporaciones son tres elementos no irlandeses circunstancia que, presumo, habrá de convertirse en habitual dado que este batallón es de creación reciente y, por tanto, no ha experimentado aún la evolución y transformaciones  habituales tras una campaña prolongada. Así pues, nuestros nuevos reclutas son David Prescott, de Evloe (Gales), desertor de un ballenero fondeado en Lisboa que ha aceptado el chelín del Rey convencido de que servir en el II/87 es mejor que estar dos o tres años  navegando y apestando a grasa de ballena; John D’Antonio, natural de Gibraltar y escribiente de un armador de Lisboa al que la guerra ha arruinado; y Julius Baumgartner, suizo, natural de Altdorf y soldado profesional cuyo regimiento, portugués o español aún no lo sabemos, ya no existe por lo que ha buscado su sustento haciendo lo que mejor sabe hacer esta vez bajo nuestros colores.
                                                              
                                                                                                                                             ©Fernando J. Suárez