jueves, 17 de marzo de 2011

LIBRO I - Capítulo 12

Diario de Guerra del teniente Ian Talling (Entrada XII)
Veinte de Mayo del Año de Nuestro Señor de 1809. Abrantes.
No llevo ni un día completo en este inmenso campamento y ya siento que no podría vivir de otra manera que en el Ejército.
Esta misma mañana recibí la orden de presentarme ante el mayor Gough. Imaginando que no sería para otra cosa que para que me fuera comunicado mi destino, me preparé para la ocasión asistido por un maduro cabo de la tercera compañía. El uniforme impoluto: la faja carmesí ajustada en torno a la cintura; la espada colgada del tahalí donde deslumbra la placa con el número del regimiento; los botones brillantes; el gorro bicornio con el plumín de color blanco sobre rojo. Mi aspecto era tan deslumbrante que obsequié al cabo con tres chelines.
En el corto trayecto que separa mi alojamiento de la residencia del mayor Gough he tenido oportunidad de observar a varios de los que serán mis iguales en el batallón: tres oficiales, dos de compañías de batallón y uno de la compañía de granaderos se han cruzado conmigo y, tras intercambiar las presentaciones y los saludos de rigor, se han felicitado por tener a un Talling entre ellos. Imagino que debe ser un honor gozar de tan alta consideración aunque reconozco que estar a la sombra de un gran soldado como ha sido mi padre no va a ser nada fácil.
Más grato ha sido, empero, reencontrarme con dos viejos amigos: los sargentos “Red” Redding y Nicholas Carpenter, acompañados por un curioso personaje que, pese a su aspecto propio de un Falstaff venido a menos, cumple con una tarea tan vital como entregar al Creador el alma limpia de sus hijos que abandonan este mundo después de servir a su Dios y a una patria y un rey extranjeros.
 El reverendo Eustace Fennessy: algo más de cinco pies de estatura complementados por doscientas libras largas, todo ello enfundado en una sotana que ha conocido mejores días sobre la que luce una desvaída casaca de soldado de una compañía de batallón y cuya cabeza, de la que brota una abundante cabellera pelirroja, cubre con un sombrero gacho y plano aderezado con los plumines distintivos de las compañías, a saber el blanco sobre rojo de las compañías de batallón, el blanco de los granaderos y el verde de la compañía ligera.
 El reverendo, o mejor dicho el páter, se ha alegrado mucho al saber que soy católico pues son muy pocos los oficiales que lo sean y me ha rogado encarecidamente que acuda a él siempre que necesite limpiar mi alma y, aunque esto lo ha hecho confidencialmente, si me encuentro en la imperiosa necesidad de compartir una botella de brandy.  

No hay muchos capellanes dispuestos a  abandonar la comodidad y la abulia de sus  parroquias para afrontar las vicisitudes de la vida en campaña. Al parecer, el reverendo Fennessy tomó la decisión de dejar a sus feligreses de Mullaghbrack, condado de Armagh, y una vida tranquila y ordenada para marchar junto a los muchachos de la comarca que habían aceptado el chelín del Rey y a los que, en la mayoría de los casos, él mismo había bautizado y dado la Comunión. Unos muchachos que, por razones obvias, necesitarían más de él que cualquiera de sus parroquianos allá en el hogar.
Me ha resultado muy de agradecer saber que contamos con un capellán en el batallón aunque confieso que esta noticia se ha visto eclipsada por la que he recibido de labios del mayor Gough.
Nada más recibirme me ha recordado nuestro primer encuentro en el que le narré mis experiencias en la Thebes en lo que respecta al manejo del mosquete. Ha proseguido diciendo que cuenta con pocos oficiales familiarizados con ese menester y que, puesto que ha debido reorganizar toda la estructura de mando del batallón, está en condiciones de ofrecerme la posibilidad de servir en la compañía ligera.
Casi no he podido creerlo, aun cuando escribo estas líneas dudo de que sea cierto, pero es un hecho que se me ha ofrecido, y por supuesto he aceptado, servir en la Compañía Ligera del II/87. Me atrae sobremanera la perspectiva pues supone huir del rígido sistema de las compañías de batallón donde existen pocas posibilidades de emplear la iniciativa. Realmente es la compañía ligera, junto a la compañía de granaderos, de cada batallón la unidad que cuenta con mayor libertad de acción y eso implica que cada oficial pueda desempeñar su labor de un modo tanto más imaginativo que lo señalado en el manual de Reglas y Regulaciones(…) de Sir David Dundas.
No sería honesto conmigo mismo ni con el propósito que me animó al escribir este diario si no considerase aquí que mi destino en la compañía ligera pudiera tener algo que ver con las amistades de mi padre en los Comunes y en la Guardia Montada, las mismas que aprobaron mi nombramiento pese a la irregularidad del mismo. Esta circunstancia me obliga a poner todo mi empeño de forma rigurosísima en el cumplimiento de mi deber pues de mi conducta habré de dar cuenta ante hombres respetables e influyentes.
Así pues, dada mi actual situación, he actuado en consecuencia y adaptado mi indumentaria y equipo. Mi primera providencia ha consistido en adquirir un sable curvo de caballería ligera, que es el arma blanca reglamentaria en los oficiales de las compañías de flanco. Después de un minucioso examen, me he decidido por la soberbia pieza que me ofrecía el teniente  Matthew Evans, del 14 de Dragones Ligeros, y por la que he pagado diez guineas y diecisiete chelines.
A continuación he acudido a un vivandero de los muchos que acompañan a un ejército en campaña vendiendo toda clase de productos a quien esté en la necesidad, o el capricho, de adquirirlos. El honesto Jack Malone hace honor al rótulo que flamea en su carreta de que posee cualquier cosa que uno pueda desear pues, en el rato que he aguardado mi turno, ha vendido diez botellas de oporto a un capitán de artillería; un telescopio a un mayor del 48; una gualdrapa del 3º de Dragones de la Guardia a un teniente del mismo y un juego de escalpelos al cirujano de los Connaughts. En mi caso he adquirido las dragonas distintivas de la compañía ligera y el plumín de color verde y, siguiendo los consejos que recibiera del teniente Henry Hobbarth en la Thebes, me he hecho con un excelente par de pistolas, con sus accesorios, y un puñal. A decir del señor Malone tengo buen ojo para las armas, y aunque supongo que la lisonja va incluida en las cuarenta y nueve libras, ocho chelines y seis peniques, le dejado un chelín de más.
  Ahora solamente me resta presentarme a mi capitán aunque que deberé esperar algún tiempo pues la compañía ligera se encuentra  en Lisboa. No veo el momento de conocer a mis hombres y no ceso de contemplar las dragonas ya cosidas a mi casaca pareciéndome que todo forma parte de un misterioso encantamiento.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Sir Hugh Gough


Una carrera distinguida de cincuenta y cinco años en cuatro continentes, plagada de condecoraciones y honores (recibió las gracias del Parlamento en tres ocasiones) habla por sí sola sobre “Paddy” Gough, nacido en el condado de Limerick (al suroeste de Irlanda) el 3 de Noviembre de 1779.

Obtuvo su primer nombramiento con tan solo trece años como alférez en la Milicia de Limerick (de la que su padre era coronel). En 1794 vio acción por vez primera ya en el Ejército (en el 78 de Highlanders) en la campaña de El Cabo.

Transferido al 87 Irlandés en las Indias Occidentales obtuvo una capitanía merced a las campañas de Puerto Rico, Surinam y Santa Lucía. Posteriormente, la creación del Segundo Batallón del 87 le vería al mando del mismo como mayor en 1808, justo a tiempo para participar en la campaña de la Península.

En Talavera (Julio de 1809) resultó gravemente herido aunque su distinguido comportamiento le valió el ascenso a teniente coronel. Posteriormente en La Barrosa (Marzo de 1811) el II/87, aún bajo su mando, se convirtió en la primera unidad del Ejército Británico que capturaba un águila a los franceses. Gough volvería a distinguirse en la defensa de Tarifa (Octubre de 1811) y en Vitoria (Junio de 1813).

En 1815 fue nombrado Caballero y hubo de resignarse a la media paga cuando el II/87 fue disuelto en 1817. Regresó al servicio activo en 1830, poco antes de ser ascendido a mayor general.

En 1837 fue destinado a la India y, al poco de ocupar de su plaza, fue designado comandante en jefe de las fuerzas expedicionarias británicas a China durante la conocida como Primera Guerra del Opio (1839-1842). Su intervención fue decisiva en la captura de los fuertes de Cantón y ese éxito le valió títulos y honores así como el mando supremo del Ejército Británico en la India.
Ferviente defensor de la bayoneta y de los asaltos frontales, tuvo ocasión de poner en práctica sus métodos contra los mahrattas en la Campaña de Gwalior (Diciembre de 1843) y, sobre todo, contra el más formidable ejército nativo del subcontinente: el Khalsa del Reino Sikh. En dos ocasiones: Primera (1845-1846) y Segunda (1848-1849) Guerra Anglo-Sikh, las tropas al mando de Gough se impusieron en encuentros tan sangrientos como Mudki (1845), Aliwal y Sobraon (1846) y Chillianwalla (1849) aunque el costo de esta última supuso su relevo ante las críticas que recibieran sus tácticas.

Vuelto a Gran Bretaña se retiró del servicio activo. Nombrado mariscal en 1862, falleció el 2 de Marzo de 1869.
(C) Fernando J. Suárez

domingo, 13 de marzo de 2011

LIBRO I - Capítulo 11

Diario de Guerra del teniente Ian Talling (Entrada XI)
Diecinueve de Mayo del Año de Nuestro Señor de 1809. Abrantes.
A algo más de cien millas al nordeste de Lisboa se encuentra esta plaza, en los márgenes del río Tajo, donde se congrega el grueso del ejército británico destacado en Portugal.
Apenas he llegado y una indescriptible sensación de actividad y dinamismo se ha apoderado de mi ser. Toda la fuerza que Gran Bretaña ha enviado al Continente a luchar contra Bonaparte se muestra ante mis ojos. Una compañía marca el paso ahí, más allá otra se ejercita en la formación en línea, otras, más lejos, parecen estar en plena revista de policía.
 Cañones y armones, perfectamente alineados, reflejan la luz del sol en el bruñido de sus metales. Por todas partes resuenan tambores que lanzan al aire mil y un sonidos y que delatan a aprendices que se familiarizan con los distintos toques.
 No faltan mesnadas de jinetes que atraviesan como rayos azules por entre el marasmo de tiendas, carros, pilas de toneles y hombres que se afanan en sus deberes.
Y aquí y allá pueden verse los colores de los regimientos, cada uno de ellos custodio de una historia gloriosa y de una tradición de servicio que ennoblece a cada hombre que forma bajo sus banderas. Están todos aquí: los Coldstreams; los Guardias Escoceses; nuestros “primos” del 88, los Rangers de Connaught; las casacas verdes de los fusileros del 95…
Pero la realidad de la guerra se impone a todo ese despliegue de colores y sonidos que abruman mis sentidos. De hecho no parece hablarse de otra cosa que de que Napoleón ha entrado en Viena la semana pasada. Parece que después de Regensburg y Eckmühl los austriacos han perdido las ganas de luchar y se resignan a que Napoleón haga con ellos lo que les plazca. Cuán diferentes resultan de los españoles, que no han vacilado en enfrentarse al enemigo en ocasiones incluso con piedras.

 Me pregunto cómo nos comportaríamos en el hogar si fuéramos invadidos aunque quiero pensar en que haríamos lo que en Madrid o en Zaragoza.
Al fin he podido presentarme ante quien será mi superior directo en el II/87: El mayor Hugh Gough, de Woodstown, condado de Limerick, me ha recibido muy afablemente y me ha transmitido efusivos saludos para mi padre.
Hombre sin duda franco, el mayor Gough me ha hecho ver una realidad que, aún conociéndola, no me había preocupado en su verdadera dimensión. Y esa realidad estriba en que mi nombramiento, aunque oficial pues ha sido ratificado por la Guardia Montada, no ha seguido el cauce habitual de forma que mi puesto debiera ser de alférez, que está sujeto a adquisición, y no de segundo teniente, donde prima la antigüedad.
No hace falta poseer una particular inteligencia para darse cuenta de que mi padre y sus viejos camaradas que, o bien tienen un escaño en los Comunes u ocupan una oficina en Witehall, han usado de su influencia para ahorrarme el tiempo que me correspondería portar y defender, a costa de mi vida, la bandera del Rey o la del regimiento, e incidentalmente la elevada proporción de atención hostil por parte de un enemigo ávido de trofeos.
Sea como fuere, el mayor Gough no ha dado más importancia al asunto y, tras hacerse cargo de la valija que contiene mi nombramiento y mis órdenes, me ha hecho saber que el batallón se encuentra en proceso de reestructuración después de las bajas habidas durante la expedición de Beresford. Me ha asignado un alojamiento en una de las casas solariegas de los alrededores del campo y, tras oír el relato de mi viaje a bordo de la Thebes y de las prácticas con el mosquete que recibiera de los sargentos “Red” y Carpenter, me ha despedido asegurándome que en pocos días estaré encuadrado en mi compañía.


                                                       ©Fernando J. Suárez de Miguel

jueves, 10 de marzo de 2011

LIBRO I - Capítulo 10

EXTRACTOS DE LA GACETA DE TIPPERARY SOBRE LOS AVATARES QUE HAN DESEMBOCADO EN LA GUERRA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA.
Por Michael O’Hara, Caballero y observador independiente.
(Recopilados por Ian Talling, segundo teniente, 87 Regimiento Irlandés de Infantería)

        -1 de Julio de 1801...Ha ocurrido lo impensable. España, monárquica y católica, ha unido sus armas a las de aquellos que no dudaron en degollar a su legítimo rey.
 En un abierto desafío al sentido común y las leyes de la naturaleza, los españoles han unido su suerte a la de ese aventurero corso que se llama a sí mismo Cónsul de Francia y que está empeñado en imponer su hegemonía sobre el Continente. Y la primera muestra de esta alianza siniestra ha sido el ataque injustificado al pacífico reino de Portugal.
 Con la mezquina excusa de que la corte de Lisboa, en el justo ejercicio de su soberanía, da amparo a los buques de Su Majestad Británica y que se trata, poco menos, que de la avanzadilla de nuestro Soberano en el Continente, Bonaparte ha lanzado a ese joven e inexperto de Godoy a invadir a su vecino.
El conflicto, al menos, ha sido breve y el buen juicio del soberano español Carlos IV ha logrado una paz rápida, en contra de los deseos del Ogro de Córcega, y ha mostrado gran benevolencia para con Lisboa.

         -27 de Octubre de 1805...Triunfo póstumo de Lord Nelson. La Escuadra franco-española derrotada en las costas de Cádiz.
         El pasado día 21, en un paraje conocido como Cabo de Trafalgar, se enfrentaron las escuadras británica e hispano-francesa resultando una gran victoria para las armas de Nuestro Soberano Jorge III.
         En una audaz y novedosa maniobra, lord Nelson dividió su escuadra, inferior en número a la enemiga, en dos divisiones, una bajo su propio mando y la otra bajo la dirección del honorable y distinguido vicealmirante Collingwood, rompieron la formación en arco de la escuadra enemiga y, tras horas de duro combate, acabaron imponiéndose aunque el triunfo le costara la vida a ese marino de marinos que ha sido Horacio Nelson.
         Esta acción supone que la amenaza de un desembarco francés en la zona del Canal se diluya toda vez que ha quedado de manifiesto, una vez más, que las murallas de madera, la Armada Británica, siguen siendo infranqueables.
         Cabría añadir que el gran perjudicado por este acontecimiento no es Napoleón, pues es sabido que sus ambiciones son las de controlar el Continente, sino España ya que la pérdida no solo de excelentes navíos, y muy especialmente de marinos de talla como Churruca, Alcalá Galiano, Alcedo y el gravemente herido almirante Gravina, dejan prácticamente indefensas sus posesiones en América y virtualmente abiertas a nuestro comercio sin las ataduras impuestas por el monopolio del Estado.

         -26 de Noviembre de 1806...Nuevo despropósito de Napoleón: El Ogro decreta el bloqueo continental contra Gran Bretaña.

         Frustrado porque sus intentos de neutralizar a la única nación de Europa que no se deja dominar por él, el Ogro de Córcega ha decidido imponer una vez más sus criterios al resto del Continente y, por medio de un Decreto fechado en Berlín el pasado día 21, ordena la suspensión total y absoluta del comercio entre los reinos del Continente y la Gran Bretaña confiando así en doblegar nuestra determinación a base de causar nuestra ruina.

         Se sabe que uno de los reinos directamente amenazados por esta abusiva política es Portugal, cuyos lazos comerciales y fraternales con la Gran Bretaña son bien conocidos. La cuestión que se plantea ahora es hasta donde será capaz de llegar Napoleón si Portugal, por ejemplo, se niega a sus exigencias. ¿Lanzará a España a otra guerra contra su vecino como en 1801? ¿Invadirá él mismo Portugal? Solamente el tiempo nos dará la respuesta.

         -3 de Noviembre de 1807...El Ogro y España se reparten Portugal. El ejército francés atraviesa España en su ruta de invasión.

         El pasado 27 de Octubre se firmó en Fontainebleau un tratado mediante el cual el primer ministro español, Manuel Godoy, facultaba al Ogro de Ajaccio a atravesar España para invadir Portugal y hacer así efectivo el bloqueo del Continente que preconizara este último para doblegar la resistencia británica.


         Dicho tratado estipula, entre otras cosas, la división del reino luso en tres territorios, uno de los cuales sería patrimonio directo de Godoy y su familia en calidad de principado, y el reparto de sus islas y colonias entre Francia y España.

         Desconocemos aún cómo ha reaccionado la población española, católica y tradicional en su inmensa mayoría, al ver pasar por sus pueblos y ciudades a las mismas huestes que apenas quince años antes se dedicaban a incendiar iglesias, asesinar a clérigos y decapitar a reyes. A buen seguro que deberá resultar, cuanto menos, de asombro.

         -26 de Marzo de 1808...Motín popular en España. Carlos IV abdica. Fernando VII nuevo Rey de España.

         El pasado día 17 y en la localidad de Aranjuez, muy próxima a Madrid, donde se encontraba circunstancialmente la Familia Real española, el populacho se ha echado a la calle exigiendo la destitución del primer ministro Godoy, a quien culpan de la presencia de 65.000 soldados franceses en España y de la virtual ocupación por éstos de villas tan importantes como Burgos, Salamanca, Pamplona y Barcelona.

 Asimismo los amotinados demandaron, y lograron, la abdicación de Carlos IV en el Príncipe de Asturias toda vez que el monarca es visto como el responsable último del actual estado de cosas.

Existen fundadas sospechas, no obstante, de que el motín estuvo orquestado por elementos del entorno del propio Príncipe de Asturias y que la finalidad del mismo no sería otra que la de entronizarle, como así ha ocurrido.

-10 de Mayo de 1808...El pueblo de Madrid se subleva contra las tropas francesas. Dos de Mayo: un día histórico.

Al parecer el detonante lo ha producido lo que parecía ser el traslado a la fuerza de uno de los miembros de la Familia Real, en concreto el Infante Don Francisco de Paula, por las fuerzas francesas de ocupación. La muchedumbre, exaltada, asaltó el Palacio Real circunstancia aprovechada por el mariscal Murat, verdadero procónsul de Napoleón en España, para abrir fuego contra la población. La lucha, desigual toda vez que navajas y horcas no pueden rivalizar con sables y mosquetes, no ha sido por ello menos dura. Hombres y mujeres de Madrid han combatido como han podido contra los ocupantes. Los granaderos de la “Vieja Guardia” y los mamelucos, con sus uniformes de fantasía, han pagado su tributo de sangre al valor y al arrojo de los madrileños.

Cabe citar dos nombres propios, curiosamente de militares españoles pese a que las tropas apenas si han intervenido en los combates. Se trata de dos capitanes de artillería: Luis Daóiz y Pedro Velarde que, sublevados en el Parque de Artillería de Monteleón, sostuvieron su precaria posición frente a fuerzas muy superiores sucumbiendo antes que deponer las armas.

Esta acción, sumada a otros incidentes previos, demuestra el malestar general por la ocupación y pone de manifiesto que España puede no ser una presa tan fácil como el Ogro habría previsto.

-14 de Junio de 1808...Tres Reyes, un Reino y el Ogro: Napoleón fuerza dos abdicaciones consecutivas y sienta en el trono español a un hermano suyo.

En el curso de una extraña y vergonzosa ceremonia el Ogro de Ajaccio obligó, el pasado día 6, a Fernando VII a restituir la corona a su padre Carlos IV e, inmediatamente, éste la entregó a Giuseppe (José) Bonaparte, hasta el momento titular de la corona de Nápoles.

Por si aún quedaban dudas, esta acción arbitraria e ilegal pone de manifiesto que Napoleón pretende disfrazar la ocupación de España con un remedo de Constitución y con una serie de reformas, en la línea revolucionaria, que no son del gusto del pueblo español y cuya meta es  hacerse con el control del Reino, y de sus territorios de Ultramar, en su desesperado afán de derrotar a Gran Bretaña.      

martes, 8 de marzo de 2011

Angus Talling, H.E.I.C

Hijo de soldado y decidido a seguir los pasos de su padre, Angus Talling descartó el servicio en los regimientos del Rey por la más atrayente perspectiva de servir a la Honorable Compañía de las Indias Orientales.

Nacido en 1777, desde niño sintió la llamada de la India a causa de los relatos sobre las hazañas del general Robert Clive, que le impresionaron profundamente. A los quince años ingresó en la Milicia de Tipperary como soldado raso a las órdenes de su padre, pues éste insistió en que debía hacerse digno de sus galones, aunque fuera en la Milicia. En 1798, después de servir como ayudante de su padre durante la rebelión, y merced a la influencia de su abuelo, entró como subalterno al servicio del teniente coronel Thomas Bridges, adscrito al Ejército de la Presidencia de Madrás.


Con apenas veintidós años, el joven Angus llegó a la India a tiempo de participar en la campaña de Seringapatam (Mayo de 1799) como segundo teniente en el Primer Regimiento de Infantería Nativa de Madrás.


Los tres años siguientes, de relativa calma, los dedicó al aprendizaje de lenguas nativas y a familiarizarse con los usos y la cultura orientales. Como resultado, en 1803 ya hablaba hindi y marathi y progresaba con el urdu. Ese mismo año pasó a formar parte del rol del 12 Regimiento de Infantería Nativa de Madrás, concretamente la primera compañía de granaderos del segundo batallón. En este puesto participaría en la campaña de Assaye, en la Segunda Guerra Mahratta (1803-1805). Su comportamiento durante el asalto a las baterías, mandadas directamente por el mercenario hannoveriano coronel Anthony Pohlmann, antiguo oficial de la Compañía, le valió el elogio del mismísimo general Arthur Wellesley.


En 1805, finalizada la guerra, Angus volvió a concentrarse en sus estudios de lenguas y cultura autóctonas. Se ha convertido en un oficial muy apreciado por sus superiores, que le encomiendan misiones delicadas habida cuenta de sus conocimientos de las lenguas y usos locales lo que, asimismo, le ha concedido la confianza de los soldados nativos a sus órdenes, muy receptivos a los oficiales europeos capaces de hablar su idioma y respetuosos de sus costumbres.


Tres años después ascendió a capitán de la primera compañía de granaderos del II/12.


(C) Fernando J. Suárez

domingo, 6 de marzo de 2011

LIBRO I - Capítulo 9

Diario de Guerra del teniente Ian Talling (Entrada IX)
Diecisiete de Mayo del Año de Nuestro Señor de 1809. Lisboa.
¡Grandes noticias! ¡Gloriosas noticias! Wellesley ha tomado Oporto.
Toda Lisboa es un inmenso festejo desde que se recibiera la nueva de que, tras cruzar el Duero en una hábil maniobra, el general Wellesley ha capturado la gran ciudad del norte de Portugal y conjurado la amenaza directa que suponían las tropas de mariscal Soult allí acantonadas.
No ha sido cosa fácil, a juzgar por los detalles que poco a poco van completando el cuadro del hecho. Además no hay que olvidar que hemos tenido enfrente a uno de los mejores caudillos de que dispone Bonaparte: el mariscal Jean-de-Dieu Soult, Duque de Dalmacia, que se distinguió mandando el IV Cuerpo en Austerlitz y que, asimismo, actuó con brillantez en Jena y Eylau. Pero, al parecer, la Península no parece haber reverdecido los laureles de tan formidable guerrero pues de todos es sabido el revés que sufrió el pasado Enero en La Coruña y que fue la postrera victoria del general Moore, tal como le ocurriera a Nelson en Trafalgar.
Mariscal Soult
Ahora que Portugal ha quedado libre de presencia enemiga parece más que probable que entremos en España para continuar combatiendo a los franceses allí aunque cabe la posibilidad de que el general Wellesley prefiera establecerse sólidamente aquí y aguardar los embates del enemigo. Reconozco que estoy aventurando demasiado pero no puedo evitar pensar en lo terrible que resultaría la perspectiva de un servicio de guarnición en Lisboa, sin nada que hacer salvo ver monumentos o frecuentar tabernas y burdeles.

 Francamente no se qué pensar aunque me consuela el hecho de que Wellesley no pertenece a la categoría de generales que espera que le ataquen. Esta opinión se sustenta en el relato que mi hermano Angus nos hizo de la batalla de Assaye en la que tomó parte como primer teniente de una de las compañías de granaderos del Segundo Batallón del 12 Regimiento de Infantería Nativa de Madrás (para quienes no estén familiarizados con la disposición de los regimientos de cipayos[1] de la Compañía de las Indias Orientales, consignaré escuetamente que cada batallón cuenta con ocho compañías de línea y dos compañías de granaderos, en vez de una, no existiendo pues la compañía ligera común en los regimientos del Rey).
Si en Assaye Wellesley atacó con menos de quince mil hombres al formidable ejército de Daulat Rao, que formaba más de cincuenta mil efectivos, nada parece sugerir que ahora vaya a dedicarse a sentarse y esperar que le golpeen. Y, a juzgar por quienes les conocen, los jefes a su mando parecen no irle a la zaga en arrojo pues ahí están Edward Paget, que hiciera trizas el intento de Soult de batir el flanco derecho británico en La Coruña;  Stapleton Cotton y su ya legendaria brigada de Dragones Ligeros o Rowland “Daddy” Hill, quien ha participado con gran fortuna en todas las campañas británicas en la Península hasta la fecha.
Creo, pues, que mis temores son infundados y que pronto entraré  en acción. Por cierto que esta afirmación queda sustentada en la visión que esta misma mañana se ofreció a mis ojos:
Marchando de dos en fondo, con aspecto cansado y no obstante marcial. A pesar de la suciedad, evidencia de que no han estado precisamente ociosos, de los uniformes deslucidos y con frecuencia astrosos, he sentido cómo si un aldabonazo golpease mi pecho al observar los cuellos y bocamangas verdes sobre la casaca roja: el 87 irlandés está de vuelta en Lisboa y ya se que solamente es cuestión de tiempo que reciba la orden de presentarme ante el comandante en jefe.
 


[1] Nombre con que se conocía a los soldados nativos en la India

jueves, 3 de marzo de 2011

LIBRO I - Capítulo 8

Diario de Guerra del teniente Ian Talling (Entrada VIII)
Quince de Mayo del Año de Nuestro Señor de 1809. Lisboa.
Una semana ha transcurrido desde que arribara a esta plaza y no puedo decir que esté disfrutando de la estancia, al menos hasta el momento en que escribo estas líneas.
Hemos sabido que la fuerza punitiva que, al mando del general Beresford, había salido para hostigar a fuerzas enemigas en retirada se encuentra de regreso a tres días de marcha de esta ciudad. No puedo ocultar mi entusiasmo pues de esa fuerza forma parte el II/87 con lo que, presumo, mis días de abulia y de molicie habrán terminado.
Con respecto a las operaciones del general Wellesley en la zona de Oporto solamente nos llegan fragmentos de noticias que han de ser tomadas con prudencia pues es sabido que Lisboa está llena de agentes de Bonaparte que lo mismo espían a nuestras fuerzas que difunden falsas informaciones con el fin de minar nuestra causa.
 En ese sentido se ha prohibido expresamente que hombres de cualquier graduación caminen solos por según qué barrios de la ciudad en las horas nocturnas. No es cuestión baladí pues dos semanas atrás un capitán de la artillería de la Legión Alemana del Rey (KGL) fue apuñalado en un callejón. No sabemos si fue por un motivo puramente personal, si se debió a elementos que desean poner fin a la guerra al precio que sea o si fue obra de conjurados bonapartistas pero la cuestión estriba en que Lisboa, pese a la belleza de sus monumentos y a que, sobre el papel, es territorio amigo, no es una ciudad segura para los soldados británicos.

Resulta desolador ver entre la pléyade de uniformes que campan por calles y avenidas que abundan los de unidades portuguesas. En un gran puerto como lo es este es fácil ver a hombres de mar de diversos países: británicos, portugueses (es obvio), españoles… y, dadas las circunstancias, soldados de varios ejércitos: desde nuestros casacas rojas hasta el blanco de regimientos españoles cuyos restos se han refugiado en Portugal para continuar la lucha.
 Y es desolador, digo, pensar que hay quien fía la independencia de su patria a la sangre de soldados extranjeros. En mis paseos he podido ver los colores de los seis batallones de infantería ligera portuguesa (Caçadores) en profusión así como los de no menos de diez regimientos de la Milicia y de cuatro brigadas de la Ordenança, que es la última reserva de fuerzas, por no hablar de los regimientos y batallones de voluntarios de esta y de otras ciudades. He calculado que si todos los hombres útiles que lucen sus uniformes por la ciudad fueran sacados de su cómoda, y al parecer errabunda existencia, y encuadrados podríamos formar dos o tres regimientos con dos batallones cada uno. Me irrita pensar que hay tropas británicas empeñadas en expulsar a los franceses de Oporto cuando se ven por aquí a tantos portugueses de uniforme cuyos únicos deberes son, al parecer, presumir ante las damas e impresionar a los niños.
 Sin embargo, pese a los hombres que no quieren luchar, pese a la traición o a la apatía, la belleza de Lisboa me subyuga. Ignoro a qué ha de deberse pero creo que un pueblo que ha levantado el monumental  Aqueduto das Águas Livres, la Basílica da Estrela, el Castelo de Sao Jorge o el Mosteiro dos Jerónimos merece algo mejor que estar sometido a un emperador megalómano.

                                                © Fernando J. Suárez de Miguel